En carne viva:

Sobre “Cántico profético al primer mundo”, de Carlos de Rokha

Aquella escritura que obliga a volcarse sobre la escritura es una que clama por ser vivida de alguna manera.  Carlos de Rokha (1920-1962), desde la primera lectura de su “Cántico profético al primer mundo” (disponible en memoriachilena.cl), obliga al lector a echar mano a su propia vivencia, a la víscera palpitante que reside en cada uno. Su trabajo poético no recae (solamente) sobre las cosas que el poeta señala en el poema, sino en quien las lee. “Tú te desprendes de mis bienes, luego soy yo el desheredado” (p. 5), apunta en el primer canto, abriendo paso a una relación al mismo tiempo dolorosa y reveladora con el objeto poético, que el hablante descubre a medida que escribe.

            El dolor -que a su vez es el demiurgo que propicia lo creado- es un fuego que deslumbra, pero que también revela la oscuridad que circunda al poeta, acaso el objeto final del Cántico: “La marca invisible hará que retrocedáis pero al fin la tocaréis con vuestra hacha” (p.6), advierte el poeta, siguiendo con la declaración que, a su vez, cerrará el poema como un vaticinio: “Somos llagas de carnicería divina y masacre” (p.7).

            El dolor que atraviesa el poema marca un punto de quiebre constante entre el poeta y el objeto poético sobre el cual escribe/descubre/padece el poeta. “Pensad que acaso la última esperanza del hombre sea su sola perdición” (p.10), intuye el hablante, dando forma a un laberinto con paredes esculpidas en relieve. La torsión del texto es también la torsión dolorosa: del hablante, del objeto poético (acaso inasible), del mismo lector perdido en los versos, confundido en sus propios delirios. Texto alucinado, mesiánico, pertenece a una generación titánica que aún hoy ensordece. Perdámonos en sus gritos.