Diciembre en la esquina

 

Bocina, lontananza y grito pelado: en mi esquina, la esquina de las vecinas y los amantes, donde los chiquillos se contaban el amor entre dientes y de a susurros se iban sacando los besos de cuando en cuando, era carnaval y jolgorio durante diciembre.

La tradición obligaba a bajar del pasaje, a juntarse de punta a punta en esa bocacalle a mirar a los cuatro vientos la primera señal del Viejo Pascuero. Siempre es igual, aunque la esquina sufra con la atroz urbanidad del miedo y la ampliación de rigor como virtud del progreso en una pobla desgranada en el ruido y la sobrepoblación. Alguna mamá joven ordenando el gallinero, algún hermano mayor tiranizando el derecho a las pastillas, algún intrépido palomilla contando las virtudes de la cacería de los días anteriores, hilvanando aventuras que pudieron ser de sus hermanos o sus tíos pero que a los más chicos impresionan y obligan a ceder el derecho tácito del liderazgo. Cruzar de cuando en cuando a la cancha, sólo para mirar la avenida en otra dirección como si ello cambiara la suerte de una tarde de siesta derretida.

Recuerdo el árbol que había en mi casa, antes de la reja, y cómo nosotros mismos nos subíamos a mirar por el puro gusto de subir. En el fondo no veíamos un carajo, pero era lindo el show vigía, achinar los ojos al horizonte recortado de edificios, fijando la vista en Cuarta Sur o en la subida de Avenida Progreso, llegando a los Tambores. Era más lindo, todavía, saltar del árbol hecho un jovencito de película y gritar con un conchetumare hermoso coronando la frase: ¡Pascuero!

El grito juntaba cabros chicos como un grito de guerra. Aparecían todavía más: de Valle Verde, del Sibaya y hasta de las cuadras de abajo llegando a Progreso, de la Centenario y más de algún aventurero de la Nueva Victoria que anunciaba, con su presencia, la caravana. Todos llegaban a la esquina sabiendo bien lo que había que hacer.

Y entonces, hermano chico en ristre, salía uno por el borde de la avenida, zumbido y luz, color en ciernes y creciendo, muchedumbre mosqueando en torno a la caravana y su chimuchina galopante reventando la siesta con su canto de bronces navideños y disfraces deshechos de tanto subir y bajar los camiones. El dibujito de moda modelado en papel maché, la canción del verano haciendo serpentear a las guaguas en brazos de sus madres que, tan apostólicas como guerreras, se acercan al borde del camión a pedir unas pastillas para el niño chico, mireló, que no puede andar corriendo. Algún disfrazado que reconoce una cara y entrega un puñado en silencio mientras el colega lanza el primer puñado en dirección opuesta. Algún afortunado del barrio peinado con el mejor estuco de gel y la camisa de fiesta esperando en la puerta, agarrándose los brazos por la pura expectación. Alguna familia que corretea de adentro hacia fuera bandeja en alto repartiendo cositas para los músicos y los chiquillos que se quedan arrojando pastillas como si la bendición fuera una bolita de azúcar sabor manzana, como si la música, las bombitas de agua y el bronce rajando el calor de la tarde, fueran la única razón de ser de diciembre, como si la misma Navidad sirviera nada más que para recorrer la ciudad liberando sonrisas, reuniendo cabros chicos ahí donde la peste se fuma a bocanadas de angustia, donde se disuelve la tarde en una cerveza mal habida o simplemente se cuece uno bajo el sol espantoso del hastío.

La foto de rigor con el regalo en una mano, pascuero brindando con el dueño de casa, hablando borroso y casi a los gritos, familia Miranda pegada a las ventanas ignorando a la mamá que dice, casi como un conjuro inútil, “No lo va a abrir hasta el 24”, sabiendo –ritual tan viejo como jocoso- que al cabo de dos días el papel estará roto en la esquina donde justo, qué casualidad, sale la marca, modelo o dibujo del famoso regalo que, justo justo, es lo que había estado pidiendo no sabe cuántas veces…Y alguien, antes de salir de la casa a seguir al pascuero, mastica envidioso que el suyo vendrá la próxima semana y que será más grande que éste, ya volteado de tanto brindis, medio desgreñado subiendo como puede al camión que parte de a poco.

El enjambre pergenio se aquieta como al acecho, otra bocina acusa en la otra esquina otro más y todos aprovechan por subir el volumen hasta enmudecer a la niña pobre de la novela a la que ya se le perdió el hilo porque, mientras el pascuero se va y la música se desvanece, otro rugido llega, otros disfraces y otra voz, otro pascuero con su cortina de júbilo golpeando el suelo a medida que pasa por la cuadra, todos los cabros chicos arrodillados, recogiendo sus sonrisas.

Si alguien me preguntara por algún recuerdo, la única respuesta posible sería diciembre en la esquina.

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Romería

           El rito era el mismo, según recuerdo: el arrollado de cabros chicos pidiendo pan, la negativa del Ripan, gritarle algo sucio al Cachalaperra, mirarle a su perro la pichula destruida e inventar una historia mientras bajábamos por Primera y llegábamos hasta la esquina de Segunda a esperar por la leche.

            La mirada furtiva de alguna de las tías, viejitas acaso institucionales de la capilla, acaso las viejas culiás de la cuadra, era siempre coronada por una oración musitada que parecía más bien una puteada. Una emoción intermedia: la consternación deviniendo rabia dolorosa por el ultraje de la humanidad con estos niños, pero tal vez la simple sorpresa de que se iban corriendo la voz y llegaban cada vez más: de la Nueva Victoria, de Los Palafitos, hasta de la O’Higgins y Las Quintas (las tres secciones), chiquillada apelotonándose en la enclenque reja que se descascaraba con la silente espera de los chicocos.

            Siempre salía la más alta, con seriedad mal disimulada empleaba el terrible vocabulario escolar, el mismo del que escapábamos y nos bancábamos como una penitencia, la prueba final para tomarnos el vaso de leche y comernos el pan antes de llegar a la casa.

            Era toda una experiencia. Nos sentaban en un saloncito con cuatro mesas largas acomodadas en dos filas en la que nos veíamos las caras y, vaya uno a saber por qué, nos sentaban por barrio, como si ello calmara las pasiones que burbujeaban haciendo la fila, entre empujón y empujón, mientras cada uno justificaba derecho y territorio. Hay que decir que se ponía duro, a veces, cuando llegaban los más chiquitos, petizos moquillentos que llegaban de la mano del hermano y hueviaban por todo que, sin embargo, cuidábamos en grupo para que no se escaparan de la angosta vereda. Adentro siempre era lo mismo: un sorbeteo sin disimulo, quemada ritual y rezo en gárgaras por la pura emoción, la tía paseando como si su feudo mientras nosotros comentábamos los dibujos que veríamos cuando llegáramos a la casa, siempre cuesta arriba, siempre lejos –según nosotros-, siempre a trasmano de todo.

            Cabíamos como veinte pelagatos, pero cada uno valía su peso en ruido. En el recambio, más de alguno se sacaba la chaqueta tratando de entrar de nuevo y la tía, ojo de lince y expresión contrita, contenía no sé qué en un arreo tan tierno como frenético. De ahí en adelante, mirar al cerro y meterle chala para llegar a la casa antes de que empiece el Chavo del 8, antes de que llegue el papá y nos mande a comprar otra cerveza, antes de que la mamá nos siente alrededor de la vela y empiece a llorar.

            Por eso fue como una cicatriz lo que quedó cuando demoraban en abrir, cuando ponían el letrerito, también enclenque y mal escrito, que se acabó que mañana que se inscriban el domingo en la misa y que Dios los Bendiga.

            Un día, de tanto esperar nos aburrimos. Un día, de tanto mirar por la ventana, a la tía se le endureció el zoronca y no apareció más. Un día, así como vino la noticia, nadie más paró en la iglesia. La caravana del ruido se fue transformando, de a poco, en la romería del silencio. El rito, como la verdad, había desaparecido sin más que un comentario: el pan que servían lo vendían en Tercera Sur. Ripan, a partir de entonces, nunca más recibió visitas.

Cicatriz

       Una desgracia puede muy bien hablar por todas. El drama de la vida, tatuado en cada cicatriz de la memoria, bien puede vivirse como la misma sangre de una lágrima cuajada en el recuerdo.

        Lo nombro Ariel. También vive en mi barrio y, en honor a su propio martirio, buscaré la brevedad con que el rumor –y luego un testimonio- fue construyendo los hechos.

            Con Ariel nos peleamos mucho, cuando niños. Uno pendenciero, el otro mayor, los dos del mismo porte, sabíamos trenzarnos a coscacho limpio por el puro capricho de los más grandes, cuando hay que medir el valor en el peso de los puños, casi igual que más tarde, con la pala en mano, o más temprano, con la botella al aire. Seguimos un camino diferente aunque nos acompañaron las mismas circunstancias: el buitre de la noche y su tufo sanguinolento, las sombras y su relato de angustia, las oportunidades por la vereda del frente. Con su hermano el Toto, los dos medio a rastras, fueron conociendo las estocadas de la calle, haciendo el quite a la muerte o más bien entrando en su baile, tango mal cantado, aprendido de oídas en los rincones de un barrio que se fumó, en algún momento, hasta los suspiros.

            Turbulentos los años les pasaron por encima. Entre el polvo de las casas, el cerro cada vez más cerca y la pasta apuñalando a sus amigos, fueron hablándole rudo al destino. Con cierta indiferencia, doloridos y furiosos (¿con el reflejo que enfrentaban todos los días, con el laberinto derruido de sus ojos?), fueron apretando los puños, el lomo, los dientes. Nube tras nube se los fue comiendo la ira y en la calle, paralelo a mi vereda, fueron entendiendo más de la lucha que del júbilo del triunfo. Y caminaban de lado a lado, se juntaban en la esquina de su rabia a cantar su emborrachada pobreza; rapeaban algún versículo del espanto a la luz de la luna, encaramándose en la paciencia de los pocos vecinos que los vieron crecer, que se fijaron en la dureza que los años ponían en sus semblantes.

            Y en una de esas, media tarde sabatina donde matar la paciencia viendo a Don Francisco era un premio que nadie quería, sacaron los parlantes al antejardín de la casa. En una de esas, fueron llegando de todas partes a beberse lo que sea que tuvieran con su buena nueva, si es que había, fundiendo la carcajada en una nube de escándalo. En una de esas, vino blanco de por medio, acaso una punta en lo profundo de los sesos, levantaron la voz escuchando el partido, dividiendo el barrio como siempre hasta el pitazo final. En una de esas tardes, habiendo ganado el encuentro, subió la fiebre, la euforia, la voz enrabiada de la euforia que libera el espanto, que purga la consciencia hasta hacerla desaparecer. En una de esas tardes Ariel sacó el canuto del cajón sin ningún forcejeo que le colgara el aviso del miedo. En una de esas tardes, el tunazo dibujó un segundo de pánico en los visitantes. Y fue sólo un segundo: justo después, el Toto caía fulminado en el living-comedor ante la aspirada mudez de Ariel. Humeante, el canuto soplaba una lengua de humo, único hálito posible en la gritería general, ya en segundo plano. Y de ahí, para siempre, se posó el dolor en sus pasos.

 

 

Los restos del fuego

        Crecí de cara al mar, mirando la playa todos los días desde mi casa, en el borde este de la ciudad. Nublada en la mañana, sombría por el velo que la Cordillera de la Costa deposita sobre ella mientras sale el sol, la ciudad ofrece un delicado olor, caricia húmeda, fría mano de abuela amorosa, silente. Radiante al mediodía, espumeante en los arrecifes y penínsulas, regalaba la más maravillosa tentación que puede tener alguien en verano: llegar a la playa a pasar el día.

            Y es que no recuerdo mejores experiencias que aquellas recogidas de cara al mar. De hecho, mi cumpleaños es en enero, y la ceremonia festiva siempre fue elegir la fruta que llevaríamos (casi siempre duraznos o sandías y a veces los dos) y el almuerzo que quería comer (todo el tiempo comida china) y, si alcanzaba el espacio en el auto o mejor dicho la paciencia de mis papás, hasta podía invitar a un amigo a pasar el día con nosotros al “Buque Varado”, la última playa del extremo sur de la Península de Cavancha, en Iquique. El nombre, traspasado por generaciones, tiene que ver con un buque mercante que 1896 varó en aquella parte de la costa. Los abuelos de la ciudad y algunos historiadores pueden tener más de una foto con el buque a sus espaldas, tradición que por años practicó la gente hasta que la arena hizo parte de su patrimonio la última pieza del buque, un trozo del casco que nosotros mirábamos extrañados y al que dedicábamos siempre un tiempito, entre juegos y clavados, inventando historias o haciéndonos preguntas sobre la historia del buque que nadie conocía más allá de su decadente condición.

            El Buque, la playa en la que me hice al nado, entre el pavor de la turbulencia y el vértigo de sus breves, revueltos roqueríos. El rincón de la ciudad donde supe lavar los peores versos, donde disolví la amargura y grité hasta desgañitar la consciencia cuantas veces me golpeó el enclenque destino adolescente. El espacio donde se junta el desborde de una urbe llena de paralelismos(las etnias escurridas en sus rincones, los barrios acuchillados por el abrupto color de sus casas, sus horas y deshoras pobladas todo el tiempo), siempre agarrada a su ritmo, tan a contramano del futuro o incluso del tiempo, siempre afuera de la muerte y su estocada de silencio. En esa playa también converge la mejor de las tardes, el domingo antes del primer día de clases, el Entierro de Carnaval; también, a regañadientes, el fin del verano.

            Porque llegar temprano es la consigna, porque la familia del Rony y los Plaza, porque el ruido y la algarabía y porque los turistas siempre llegan en pequeños racimos a instalarse en cualquier lugar menos donde estén a salvo de que les pinten la cara y les pase por encima el Mono, porque la nube de polvo colorido se huele en el aire, como las parrillas encendidas y el frío limón en el ceviche, los bordes de la playa quedan, en esa minúscula ensenada, llenos a tope. La gente en los roqueríos, que el municipio ha cubierto con arena con el correr de los años y los acontecimientos, en la misma vereda, entre los vendedores, o desde sus autos, arracimada a la espera de que lleguen las comparsas del Matadero y la San Carlos, barrios de todos o más bien la siembra de los barrios de Iquique, tan viejos como la historia, manantial de las calles de mi familia y por extensión mi familia entera, calles estrechas y conversadas como sólo se podía entonces, antes de las avenidas y su ruido fluvial devorándonos la sonrisa.

            Pero primero jugar un rato, anclarse bajo el quitasol y preparar la parrilla, acaso entonar un valsecito añejo para ir purgando lo que queda de la pena a medida que la garganta recibe su agasajo, a medida que los niños engordan comiendo frutas hasta el hartazgo, mientras sube la marea y se lleva toallas juguetes y vuelan cabros chicos a diestra y siniestra atrapados por el tentáculo parental al rescate. Un partido de fútbol que baje la comida y después, a la hora de la siesta, compartir un melón con vino porque el mate es cosa de argentinos o la mala memoria de la cárcel, y van y vienen las canciones y los chistes y la terrible impresión de los años mientras todos los viejos suspiran a sus hijos y nietos mientras los ven hacerse fuertes, hacerse amigos, hacerse hombres y novios y hasta padres todavía más humanos en torno al brindis, así hasta la primera nube de harina en el primero de los rostros que responden con la primera piedra de la batalla, una bombita de agua. De ahí en adelante se mira el reloj y se cuidan las municiones, y la batalla campal empieza, carcajada orquesta y grito pelado del júbilo en escabeche.

            Y de repente el bombo, la chimuchina galopante, bocinazo y bronce encaramándose en el viento sur que a esa hora golpea el pedacito de península en que los niños hicieron su descubrimiento y acunaron su bravura, ahora refugiados en sus quitasoles, armándose hasta los dientes mientras los padres y abuelos descargan lo último del cuanto hay para beber, para ahogar la pena al acecho: la ciudad, primero, allá atrás, y después su aparato, la maquinaria titiritera que les seca el espíritu todo el año menos esta tarde donde, grasa de camión, betún de zapatos o harina teñida de por medio, huevo volando proyectil al camión del muñeco, todo el mundo rasga vestiduras y juegan en el vergel del júbilo. Legendario, pantagruélico, el muñeco es otro primo de las Fallas de Valencia, o acaso un eco vetusto rebotando en este rincón del Desierto de Atacama, y su viuda, la Viuda Negra, llora su penuria en brazos de todos mientras, de bote en bote, de brindis en brindis navegando su agonía festiva, llega a la playa donde purga su deuda en un rosario de chistes que difícilmente alguien, por deslenguado que parezca, dejaría escuchar a los niños que, entonces, hacen la tregua para tomar nota de cada una de las imágenes con las que van a impresionar el primer día de clases. Quienes gozan de buena memoria serán capaces de tornar la fogata en leyenda, y al fuego mismo en la transfiguración de las almas. Quienes gocen del olvido, hablarán del triste borrachín que se durmió nada más llegar a la comparsa, tan pasado que estaba, y estuvo todo el pasacalles tendido a un costado del mono que ahora mismo arde mientras, en la orilla, cada diablo se quita la pintura y los quitasoles se cierran, se recogen monos y petacas y los niños, sin dar crédito a la maravilla de la calma (sorpresa mística o milagro de clausura: la marea baja abruptamente y el agua ni se mueve a penas incendiado el muñeco) con que todos los participantes de la comparsa, a medio filo de la lucidez o el delirio, recogen los restos de ese mono que no alcanzó a mentar el dolor que les pesa como un lastre, pero supo resumir la alegría con que enfrentan su propio reflejo cada mañana, en sus cuartos de allegado o en sus soñolientas esperanzas de proleta enmudecido al calor de las máquinas.

            Crecí de cara al mar, y hoy miro las nubes mientras imagino que son los restos del fuego: el fuego que el júbilo levanta como las columnas de la Humanidad: las mismas espaldas que se traga la industria.

La reina desterrada

     En los años dorados de mi barrio, cuando el ejército de cabros chicos poblaba la avenida sin pavimentar sembrando el griterío en la desteñida tarde desértica, las chicas aprendían del mundo con la Vecina Pituca. Dejo su nombre anclado en la duda: me agarro del beneficio movido por el respeto y la culpa, ambos en esa peligrosa, afilada proporción que la memoria otorga cada tanto, quién sabe si como bendición o castigo.

     La sede social servía para algo más que salón de fiestas, y era, a decir verdad, un pequeño sucucho de madera que, afinando un poco la vista, bien podría ser la misma sede que tuvimos en el primer barrio, y que su conservación haya sido el monumento con que recordaban el pulso de hierro y la persistencia había levantado esas cuatro cuadras de añoranza proleta. Entonces se hacían reuniones, bingos, fiestas de la infancia, proyectos de participación activa y consciente de todos los que habitaban el barrio. En ese período la vecina hacía cursos de cocina para las mujeres del barrio, casi todas jovencitas de la generación de mis hermanos mayores.

      Que había trabajado en el Sheraton de Santiago, que había participado en banquetes con Pedro, Juan y Diego, que había almorzado con la mismísima Señora Lucía, tan fina y solemne que era… todo servía para motivar a las chicas no sólo a conocer los ingredientes de los creps de atún con salsa blanca, sino los vericuetos y coreografías de la buena mesa, las buenas costumbres y la tan ausente etiqueta. El barrio, toma de terrenos devenido proyecto de vida, cuatro cuadras de proletariado soñador y muchedumbre juvenil al pedo, era el apostolado que la vecina, sin pena ni gloria, quiso levantar en pos de mejorar no sólo el material donde la gente dormía su pena, también la manera de servir el vino en que las ahogaban. Pero las chicas estaban creciendo y los chicos se hacían fuertes, y la playa quedaba tan cerca que, en lo que la vecina se demoraba en contar sus mil y un banquetes como reina desterrada, bufanda de seda percudida entre sus dedos pálidos, las chicas ya estaban maquilladas de cara al sol viendo a sus galanes veraniegos perderse en las olas de Cavancha, el balneario de la eterna juventud de esa esquina del mapa.

     Entonces volvió a su rincón de secretaria. La rutina con que atravesaba el barrio era siempre la misma: el nuevo perfume que lucía, regalo de la esposa del doctor, la queja de la basura y los perros de la vecina, que siempre se le metían al patio a molestar a sus canarios, el espanto por lo que la noche y su cortina drogona le estaba haciendo a los hijos, que nunca fueron los suyos porque, a decir verdad, todos eran grandes y vivían en otro lugar y nadie pudo jamás verlos. Mi mamá la saludaba medio de lado, más que nada evitando el rosario de abolengo y gloria añeja con que hablaba de tantas cosas, memorias que a mi mamá la ponían casi siempre del otro lado del río: la mesa en que la vecina cortaba el salmón al horno era la misma en que ella servía el vino.

     Por eso, por su desfile pituco y agrio, por su poca relación con los vecinos y por su actitud llena de gracia cuando compraba los más caros fiambres a la hora del té mientras contaba las maravillas de Cancún y el recuerdo que le había traído el doctor de su último viaje a la Península del Yucatán, nadie la echó de menos cuando se le veía poco por el barrio. Ni cuando nadie escuchaba historias de vecino sobre algún famoso venido a menos en la incipiente, pálida democracia de los primeros 90’s, ni en la llegada en masa de los nuevos arrendatarios, siempre móviles en un barrio que había perdido los dientes en la droga y la desilusión, ni cuando los hijos del barrio empezaron a tener hijos y éstos crecían fuertes y sanos y llenaban otra vez la calle con la chimuchina infanta que sabe barrer cualquier espanto; ni siquiera para el terremoto de 2005 en que nadie la vio salir, hubo el menor interés en preguntarse por ella. En el múltiple tejido de la vida cotidiana, ella apareció como una hilacha que se cortó sin pensamiento de por medio.

     Hubiera sido así hasta que un día salió a sembrar el pasto en su peladero de dos por cuatro en el frontis de la casa y le contó al primero que pasó que se había jubilado de la oficina del doctor. A los pocos días, iba y venía del mercado con su cartera gastada, de punta en blanco con su penacho de pelos sucios, pintura reseca en la comisura de los labios. Y mi mamá la escuchaba: gloria y debacle de la casa de al lado, la Señora Lucía y sus recetas de belleza express que nunca le sirvieron porque todos los cosméticos que ella nombraba eran también puntos en el globo terráqueo desde los cuales llegaban los recuerdos de sus amigas, las amigas que la vecina siempre quiso tener y que, ya temblando, ya entregada al horror de una jubilación en solitario, jamás tendría ni supo tener.

     Nunca importó, para nadie en el barrio (y tanto peor) ni para ella, cuando la fue a buscar la ambulancia. Fue la única vez que la vieron tan pequeña como era. No estaba mirando el mundo desde la altura de sus tacos, tampoco al amparo de su máscara de alcurnia empolvada. Miraba de reojo con verdadero espanto, avanzando sobre la camilla como a la deriva, mientras su hijo se subía al auto y los vecinos, sin recordar su nombre, sabían que de ahí en adelante sólo se espera, aunque nada se tenga en claro. La reina del recuerdo se iba con lo puesto. La única pregunta que se hicieron todos fue el precio del arriendo de la nueva casa disponible, o si acaso estaba en venta.

El abrazo

     El abrazo significa muchas cosas: la libertad de un pueblo (como San Martín y O’Higgins), la buena ventura, el amor o el espanto. Sin duda, el más elocuente en mi memoria es el que nunca di.

            Los pocos recuerdos buenos de mi niñez pasan casi todos por un solo lugar: el Centro Abierto. Una suerte de guardería donde niños, niñas y hasta jóvenes pasaban una mañana, la tarde o el día entero entre salones y patios donde se jugaba y aprendía sobre el mundo, bailes típicos y se discutían problemas tan personales como transversales, diría que hasta fundamentales al momento de trabajar lo que tantos tenían como tarea pendiente o más bien como responsabilidad adquirida: la convivencia. Eran tantas las calamidades que rondaban a cada uno de los que allí estaban, que era mejor jugar hasta la rabia y competir con lo que fuera para ganarle a algo: baile, dibujo, teatro o una simple partida de cartas, siempre bajo arbitrio de las Tías, nuestras amorosas cuidadoras.

            Pero lo mejor eran los días jueves, según recuerdo. Con la Tía Jessica salíamos a dar una vuelta por la ciudad a visitar los rincones del puerto y respirar su frescura. El mar era el destino preferido más por la concentración de parques que por la lección que nos podían dar y que, eventualmente, vendría. Cada visita tenía un propósito que casi nunca cumplíamos, acaso porque las tías también purgaban sus corazones de tanto mirar las olas, de tanto vernos revelando un universo completo en el festival de piedras que les tirábamos a los cangrejos o mientras cazábamos lagartijas en los peñazcos, cuando saltábamos de juego en juego como desafiando a la muerte y en verdad desafiando a la vida, o corriendo de bote en bote, como la vez que fuimos al muelle de pasajeros y vimos todas las embarcaciones ancladas, una al lado de la otra, como una suma de ataúdes desde los que hablaba el bullicio ausente. Tanto teníamos para ver en el mar, tanto para oír, tanta la voracidad del alma, que nos sentábamos, en algún momento, a sólo mirar, callados o más bien silenciados por esa profundidad que parecía una tumba. Era un respiro, un momento en que las tías oteaban -recuerdo haberlas visto de reojo un par de veces- con la alegría de hacer lo correcto y comprobar que los programas (por arquetípicos, por asépticos, por perfectísimos y herméticos) no siempre tienen la razón. Era la verdadera alegría, la total alegría, general alegría, vasta como el mar y poderoso, poderosísimo tesoro acunado al unísono en cada corazón. Era una restauración que, por precaria que fuera, era espontánea y desdibujaba la periferia que todos arrastrábamos como la cruz del inocente.

            La Tía Jessica. Tal vez su nombre no se escriba así, mas la recuerdo con amor y culpa, con el polvo del recuerdo en torno y la pesada añoranza de haber hecho lo contrario. Trabajaba en un supermercado como asistente de sala. El cargo real era otro, pero este suena mejor para el heroísmo conque algunos hacíamos la tarea en ese lugar donde la ensoñación proleta se desgrana en cuotas precio contado y donde reyes y mendigos desfilan ante la proyección de sus deseos con la mala gana de una maquinaria que golpea indetenible. Atendía a un cliente indio que siempre me esperaba porque era el único de los empleados que balbuceaba inglés y él, ocupado en sus negocios y seguro -segurísimo- en su círculo empresarial-familiar-cultual (Mi ciudad es un crisol de culturas en perfecta, sincronizada repelencia) no se preocupaba de aprender el idioma, entretenido, al mismo tiempo, del esfuerzo caricaturezco de hablar en otro idioma que algunos ofrecíamos como servicio que a nadie del segundo piso le importaba.

            Y me agarró, me llevó por todos los pasillos, derivé la radio comunicadora en uno de los jefes mientras agarraba frutas, verduras, mariscos, opiniones sobre el clima y los diarios, fiambres varios y las muchas gracias por la paciencia, apretón de manos en el mismo lugar donde empecé y la cara de mis compañeros (malos ojos que no ocultaban la sorpresa y la envidia) atravesándome la espalda mientras una señora me tocaba el hombro y me saludaba con el amor que, recordaba, nos despedían después de la leche, al volver del paseo inventado al museo o el teatro, que era siempre el mar y el parque, siempre la risa y el breve silencio, el largo suspiro y el retorno a casa en penitente silencio. La Tía Yeka, como le decíamos, llevaba una niña de la mano, igual a ella, y mientras me saludaba intentaba aquietar sus manos, vibrantes por el abrazo que no le ofrecía, sorprendido de no haberla visto en años en una ciudad tantas veces caminada, tantas horas vivida. Me pide lo más ridículo que se le pudo ocurrir (un candado para cerrar una puertita en su casa donde estaba la toma de agua para regar las plantas) y, después de que le diera el no correspondiente, nos miramos un par de segundos.

            No sé qué vergüenzas, que escapes fui fraguando en la mirada, qué angustias, pero pude ver cómo ella contestaba con la suya que la vida había sido buena con todos, que los dones que reparte ya estaban a la vuelta de la esquina, junto con lo que tenga que venir y a lo que debemos arrimarnos, y cortó el hilo como diciendo adiós para siempre, suspirando con timidez.

            Antes de irse, y sin decir mi nombre (que para ella eran todos los nombres que pasaron por sus manos) me dice: “Chao. Cuídese”, y se va como agarrada de la niña, como si la niña la llevara tanteando el aire, que para ella era el mismo mar donde mi amor fue fecundo y terrible, con los años.

            Por eso, con la edad, los párrafos y vómitos y noches y desventuras de por medio, con todo el aparato de la palabra y mi desvergüenza, ocupo estas líneas para abrazarla como seguro la siguen abrazando los niños tristes de mi ciudad, también de cara al mar.

Fuerza Centrífuga

   Sarduy, como pocos maestros y -al mismo tiempo- casi todos los que he leído con cierta consciencia (o inconsciencia, que viene a ser casi un método, por grotesco que parezca), tiene una escritura centrífuga. Tanto más uno se acerca a su “centro” de escritura (en tanto creemos estar en él o su periferia), más violentamente nos expulsa. Esto que escribo ahora ha sido el resultado de lecturas semejantes, como la de Joyce, Faulkner, Perlongher, Eltit, Lamborghini, Dante Alighieri, entre otros. Cervantes sea, acaso, la Centrífuga por antonomasia, o bien La Odisea, viaje donde empiezan  casi todos los viajantes literarios. ¿Qué quiero decir con esto? Lo contaré con mi primera experiencia “consciente” de estar en contacto con una literatura -o más específicamente, una escritura- centrífuga:

   Leía por primera vez a Faulkner (As I lay dying) y, a medida que leía, la ansiedad devino desesperación y ésta en una sensación de pánico que se volvía totalizante. No se trataba del pánico a la muerte ni mucho menos un sentimiento de angustia desproporcionado. En realidad, su nivel de concreción tenía, al mismo tiempo, la pequeñez cotidiana, aplastante; y la voraz y azarosa indeterminación de la vida misma.

   En consecuencia, el pánico venía de lo inmediato, y más que un peligro, era un hecho del cual mi arbitrio no tenía influencia alguna. “La única libertad yace en perder el control”, fue lo que vomité a mis adentros. No somos nada, le dije a mis amigos, un poco repitiendo el mantra que habíamos conjurado como lectores furiosos y algo inocentes aunque, al mismo tiempo, desconfiados hasta la perversión. Era imposible para mi no mirar las cosas- entonces- desde ese prisma: una muerte cuyo horror -para la difunta- era haber vivido de oídas la procesión que transformó a la familia entera en un delirio. Como aquel cuya revelación aparece en la sopa de letras en la soledad de su hora de almuerzo, había llegado al final del libro comiendo en el patio de comidas en un mall, y todo de pronto me pareció repugnante y agridulce, sobre todo porque, de alguna manera, me sentía escindido de esa mecánica dantesca del engordar como las vacas en la llanura del fast food, y al mismo tiempo vendía libros en una supercadena de librerías cuyo lema era “Vender es la consigna”.  No vale la pena entrar en más detalles porque no se trata de un análisis de mercado o de sociedad, o tal vez sí, pero radica en las implicancias sociales que un tipo de escritura puede tener, llegando a congeniar tanto con el entorno del cual el lector -a veces- escapa, provocando un sentimiento casi voraz de despojo y desnudez, que la rutina que tanto amamos o asumimos comienza a estrangularnos hasta el borde del trastorno.

   Otra lectura similar: el final del libro de Joyce The portrait of an artist as a young man en la hora más furiosa del centro comercial: el cierre. Tenía una reunión con el equipo de trabajo, y  mientras me comía un sánguche, cerraba el libro después de haber pasado por el torbellino de lucidez en que Stephen Dedalus abraza su destino como si la muerte en la última hora, como nos dicen y nos hacen creer que la paz conduce a la muerte sobre el semblante del difunto, extendiéndose a los deudos hasta que el duelo los transforma y desfigura. Nuevamente, no cabía un alfiler en mi espíritu, hinchado y sediento de algo difícilmente entendible, acaso inútil de nombrar.

   Luego de la reunión, salí con mis dos amigos a caminar y beber, como era nuestra costumbre. No somos nada, les digo a penas salimos del edificio, y me largué en una perorata que ellos leían embelesados. A los cuatro puntos cardinales, mis palabras y mis brazos, mis gestos y mi aspiración frenética (nunca paramos de caminar y no me callé hasta llegar al bar) intentaban construir un relato irreconciliable con el libro y las sensaciones, un momento tan bello como inútil. Es la vida – me contestaron- ahí está. Y es cierto: a veces las imágenes más ridículas pueden estar revestidas de un significado infinito hasta lo terrible, hasta reflejarse en frases tan forzosas como aquélla. Puedo decir sin miedo, que el torbellino duró tanto que, al día siguiente, me lancé sobre las páginas del libro por segunda vez y terminé, en dos días, lo que me había costado digerir en 6 meses. A partir de ahí, los libros comenzaron a ser algo así como una dieta, llevándome a invertir un tercio de mi sueldo todos los meses en comprar y conseguir libros en la biblioteca y fotocopiar otros tantos que ni siquiera recogí por falta de tiempo y porque, justamente, tenía encima otra demanda más poderosa -incluso- que la literatura. Era la vida, Mi vida, sofocada por mi, pidiendo a gritos caminar y perderse. El tiempo, las circunstancias y las páginas con las que he tomado distancia, me han hecho pensar que haber vagado como lo hice en virtud del mapa, escribiendo en mis papeles sueltos y libretas como si estuviera trasvasijando el océano con el cuenco de mis manos, no me ha producido una debacle mayor a la del tiempo, y ha puesto -en las páginas que he ido descubriendo, en las que escribo, en las que imagino viniendo por todos los frentes-  con los años la dureza y las tripas necesarias para, todo el tiempo y hasta decir basta, subirme a la mecánica del mundo, que es, a fin de cuentas, la centrífuga del Arte, otra manera de llamar a la Vida.