Cicatriz

       Una desgracia puede muy bien hablar por todas. El drama de la vida, tatuado en cada cicatriz de la memoria, bien puede vivirse como la misma sangre de una lágrima cuajada en el recuerdo.

        Lo nombro Ariel. También vive en mi barrio y, en honor a su propio martirio, buscaré la brevedad con que el rumor –y luego un testimonio- fue construyendo los hechos.

            Con Ariel nos peleamos mucho, cuando niños. Uno pendenciero, el otro mayor, los dos del mismo porte, sabíamos trenzarnos a coscacho limpio por el puro capricho de los más grandes, cuando hay que medir el valor en el peso de los puños, casi igual que más tarde, con la pala en mano, o más temprano, con la botella al aire. Seguimos un camino diferente aunque nos acompañaron las mismas circunstancias: el buitre de la noche y su tufo sanguinolento, las sombras y su relato de angustia, las oportunidades por la vereda del frente. Con su hermano el Toto, los dos medio a rastras, fueron conociendo las estocadas de la calle, haciendo el quite a la muerte o más bien entrando en su baile, tango mal cantado, aprendido de oídas en los rincones de un barrio que se fumó, en algún momento, hasta los suspiros.

            Turbulentos los años les pasaron por encima. Entre el polvo de las casas, el cerro cada vez más cerca y la pasta apuñalando a sus amigos, fueron hablándole rudo al destino. Con cierta indiferencia, doloridos y furiosos (¿con el reflejo que enfrentaban todos los días, con el laberinto derruido de sus ojos?), fueron apretando los puños, el lomo, los dientes. Nube tras nube se los fue comiendo la ira y en la calle, paralelo a mi vereda, fueron entendiendo más de la lucha que del júbilo del triunfo. Y caminaban de lado a lado, se juntaban en la esquina de su rabia a cantar su emborrachada pobreza; rapeaban algún versículo del espanto a la luz de la luna, encaramándose en la paciencia de los pocos vecinos que los vieron crecer, que se fijaron en la dureza que los años ponían en sus semblantes.

            Y en una de esas, media tarde sabatina donde matar la paciencia viendo a Don Francisco era un premio que nadie quería, sacaron los parlantes al antejardín de la casa. En una de esas, fueron llegando de todas partes a beberse lo que sea que tuvieran con su buena nueva, si es que había, fundiendo la carcajada en una nube de escándalo. En una de esas, vino blanco de por medio, acaso una punta en lo profundo de los sesos, levantaron la voz escuchando el partido, dividiendo el barrio como siempre hasta el pitazo final. En una de esas tardes, habiendo ganado el encuentro, subió la fiebre, la euforia, la voz enrabiada de la euforia que libera el espanto, que purga la consciencia hasta hacerla desaparecer. En una de esas tardes Ariel sacó el canuto del cajón sin ningún forcejeo que le colgara el aviso del miedo. En una de esas tardes, el tunazo dibujó un segundo de pánico en los visitantes. Y fue sólo un segundo: justo después, el Toto caía fulminado en el living-comedor ante la aspirada mudez de Ariel. Humeante, el canuto soplaba una lengua de humo, único hálito posible en la gritería general, ya en segundo plano. Y de ahí, para siempre, se posó el dolor en sus pasos.

 

 

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