Lucha a flor de piel:

Sobre Antes que anochezca de Reinaldo Arenas

            Sarduy miraba el cuerpo como un espacio lúdico, digno de bordarse o pintarse. El cuerpo es el lienzo donde el escritor inicia sus trazos. Para Perlongher, en cambio, el cuerpo es una herida, testimonio del dolor con el cual anuncia la brutalidad de la que es objeto. En Antes que anochezca (Tusquets, 1992) de Reinaldo Arenas (1943-1990), el cuerpo es el objeto del placer, y el placer, la trinchera donde la libertad libra sus batallas.

            En los diversos pasajes de su testimonio, la articulación del escenario pasa a través de los sentidos, el tacto ocupando un lugar central. Percepciones y pensamientos se articulan a través de las posibilidades que el placer -elemento central desde el cual se da forma a la pugna entre el protagonista y el régimen- ofrece, provoca, propicia y esquiva. La repetición de encuentros sexuales, aunque no detallados, conforma un corpus del placer a través del cual el narrador va retratando su visión de sí mismo como individuo, de los demás como agentes sociales del contexto en el cual se desenvuelven, y del país en el cual sufre las restricciones de ese placer.

            Otro aspecto importante del uso del placer como trinchera, es la homologación de los poderes totalizantes y la estrechez moral, o más claramente, la dureza con que la moral es impuesta sobre los cuerpos.  Cada vez que el narrador (también protagonista del relato) se encuentra con su capacidad de placer reducida, esgrime un argumento en contra del poder que lo coarta. La coerción que ejerce el poder no es otro que la delimitación del placer.

            Para leer de un suspiro, el desgarro con que Reinaldo Arenas relata sus vivencias es una puerta a entender la literatura como algo más que maravillada alucinación.