Primera Fila: Fragmento

Aquí un estracto de Primera Fila, disponible en: https://tienda.librosampleados.com/producto/ep-primera-fila/

Hasta que un día volviendo del trabajo le bastó con oír la prédica del pastor y supo que él nunca llegaría a ese lugar del que tanto hablaban. Todos conocían la historia. Unos más y otros menos, en esas calles era famosa la historia del cantante que encontró el camino.

—Cantaba como los dioses del mundo permiten cantar, y todo el mundo lo escuchaba con el mal fervor de los libertinos. Las radios hablaban de él como una promesa que se hacía sobre la marcha, como un prodigio que sacaría a esta tierra del anonimato y la convertiría en algo más que el heroísmo de los antepasados o esa capital drogadicta de la que mucho hablan en las noticias.

            “Había empezado todo como un juego, como todas las cosas del mal. Un festival en el barrio y una invitación a un grupo, y así por la noche, de tugurio en tugurio cantándole a la pena, al desgarro de la pena sin esperanza. Luego se supo de él en el Casino de Juegos y la cosa prendió como el fuego del infierno. De ahí en más, un productor lo vio y le ofreció grabar un disco. Que le pondría los mejores músicos de la noche. Que le daría las mejores condiciones para grabar. Que sería un regalo, pues, él no tendría que pagar por nada más que con su voz de oro, como él mismo le dijo. Entonces, nunca más La Verbena o el AGPIA, sólo el Carnaval y la agenda de verano, y de ahí Viña, en fin, “el mundo en un momento”, como le ofreció el Enemigo a Jesucristo en el desierto. Y él lo quiso, lo amó tanto como a su propia voz, y recorrió cada minuto de la noche en las más diversas etapas de la consciencia, pero completamente ciego, como un huérfano que añora una familia, que la imagina mientras se duerme en algún rincón olvidado de la ciudad, en el frío y el silencio. Y fue en ese deambular enjoyado que vino el accidente, el golpe de la realidad, que no era otra cosa que el mundo cobrando lo que siempre cobra a los inocentes. El impacto fue en seco, y el cuerpo voló sus metros de muerte y cayó inerte en la avenida. Escapó del lugar queriendo borrar todo lo que había pasado y pensó que el comienzo de todo había sido la canción que traía en su mente y nunca la noche ni las mujeres que aparecían en marejadas y le pedían otra canción otro trago otra jornada, ni los amigos que le llovieron y después lo abandonaron en la celda en la que tuvo que estar, temblando de fiebre y angustia, golpeado y olvidado, abandonado a sí mismo. Pero el Señor con su infinita misericordia lo llamó de nuevo, no una ni dos ni tres veces, sino diez, y no fue sino hasta que el pánico se lo comió vivo que alguien pudo acercársele.

            “Había llegado al culto como todos, mirando de reojo, medio sentándose al borde en el patio, en esa zona gris que se parece al purgatorio y es en realidad la sala de espera de quienes buscan la paz en Cristo. Escuchó el testimonio de uno de los hermanos que volvía a rescatar a los que se quedaron, y habló del vértigo de la noche, que él conocía bien, y de los tragos amargos y la sequedad de la boca, que él recordaba, y de la desilusión que hace que uno vaya, como dice la canción, de mujer en mujer buscando el abrigo que no llega porque no es físico ni intelectual lo que hace falta, sino que el alma agoniza. Pena y llanto incontenibles que afloraron en el instante preciso para recibir al Señor, pena y llanto que lo derrumbaron frente al muro, como el pueblo de Israel frente a sus lamentos, y así como estaba, hinchado por la congoja, lo llevaron frente al Hermano y éste le preguntó por su historia. “Te podemos ayudar”, le dijeron “El poder de nuestro Padre es incalculable. con Él llegarás donde quieras llegar. Tu lugar no está en el mundo”.

            “Se integró al coro, primero, y asistía en silencio y con humildad a los cultos, como si él fuera el único pecador, como si allí sólo se encontrara frente a los justos y no la suma de prontuarios que cada uno de los presentes quería quitarse de encima. En los ensayos, no hacía más que cumplir con las indicaciones del baterista, que le presentó a los muchachos, y tocaba la guitarra y hacía los coros sólo cuando era necesario. Cuando le preguntaron por qué no usaba lo que sabía para ayudar a mejorar las presentaciones del coro, respondió que su talento le había sido dado por el mundo y que allá tenía que quedarse. Entonces, en la oportunidad que tuve de visitarlo, le dije que todo talento era un don del Señor y que el Enemigo sólo tenía poder suficiente para confundirnos, que bien estaba escrito en Mateo 22, “Dadle al César lo que es del César y dadle a Dios lo que es de Dios”, insistiendo en que los dones de la vida son también de Él porque él es el comienzo y el final de todo. Entonces, en uno de sus últimos cultos dentro del penal, dijo que quería compartir una canción que había escrito para dar su testimonio, y coincidimos en que era necesario para él hacerlo, así que le dimos el espacio. Son impresionantes y misteriosas las maneras en que Nuestro Padre obra sobre sus hijos cuando los rescata: luego de cantar, seis internos que miraban desde lejos se acercaron a hablar con él y le contaron sus propias historias, y él les dijo que el señor les prometía la vida nueva, y los bendijo como cualquier hermano que desea la bondad de Dios sobre las almas necesitadas.

            “Para el siguiente culto, había seis personas más, y diez más el culto siguiente. Él había conseguido salida dominical, pero la gente seguía llegando, haciendo eco de su testimonio. Y afuera, en vez de ver a su gente y caminar entre los que fueron sus amigos, llegaba al templo a ensayar y cantar y ayudar a los jóvenes en sus ensayos del coro. Se notaba que la sangre de Cristo había calado profundo, y cuando llegaba la hora de volver al penal se mostraba como arrebatado hacia un lugar de tinieblas. Lo incentivamos a que siguiera los pasos de la prédica, que su testimonio era importante, que su palabra tenía el poder magnético de la Palabra, y que, con la ayuda del Libro, el Señor haría el resto del trabajo.

            “Y así fue, los cultos crecieron, tuvieron que ser dos en la semana, y se fundó el grupo de oración en el pabellón de aislamiento. Parece una locura, pero incluso ahí los internos tenían sed de la Palabra, y el Cantante se las ingeniaba para escribir las instrucciones y colarlas en las Biblias que les hacían llegar a los internos. Para cuando le tocó el momento de dejar el recinto, la población amiga le regaló una guitarra para que siguiera su trabajo, esta vez en las calles de la ciudad, en esas esquinas que él conocía bien y en las que urgía el amor del Padre y donde la sangre de Cristo se hacía fundamental para darle la pelea al Enemigo…

            “Y la congregación daba vítores de aprobación y sobrecogimiento en cada parte de la historia, y uno o dos curiosos ahora recibían los folletos de costumbre y se notaba que en ellos había un halo de luz titilando, con debilidad moribunda, pero titilando lo suficiente para ser encendido de nuevo…”

            Pero Jaime no supo encontrar nada que ya no hubiera visto: conocía ese carisma, el garbo que explayaba en la tribuna, el dramatismo. Conocía, sobre todo, la terrible mirada del Juicio Final en el ímpetu de sus diatribas, el pálpito apocalíptico con que todos, como había dicho el pastor, encontraban la piedad en su alero: fue el cantante quién le dio el Libro. Por eso, y porque la costumbre de la desconfianza siempre le hacía caminar en dirección opuesta y más bien por los bordes, salió de la botillería y se perdió por Juan Giraux hacia Campos de Deportes, liberando un cigarrillo, compartiendo otro con uno de los cargadores que volvía después de la descarga de papa, en la madrugada.