Sobrevolar el Quijote
De Miguel de Cervantes
Sobra el símil y el epíteto, pero hay una verdad clara: la mano que escribe la historia es más vieja que la historia. Y Cervantes lo supo bien, manco en el infortunio, con la claridad de quien ha vivido la tragedia y cantado en medio del dolor. Fácil verlo en una muestra: la segunda parte de la pelea de Don Quijote con el vizcaíno.
Maravilla ésta: marca una línea al margen del relato para trazar una paralela que reafirma la línea principal, es decir, comenta cómo dio con la historia y su final y cómo, mala suerte y belicosidad aparte, logra dar con la resolución de la gresca, espectacular por anacrónica, también por la persistencia de un vizcaíno sin claridad y mucha pólvora.
Pero aquí lo importante no es la historia, sino el tono. La escritura solía ser música que intentaba romper el silencio del tedio, una manera de reunir voluntad contra el hastío. Y juega Cervantes con eso, justamente: cambio de ritmo y cadencia en un decir sobre lo entendido de oídas. La anécdota, trasvasijada de un escrito antiguo, en una lengua ajena, acaso filtrada por el oprobio y la memoria, llega al narrador para ser transmutada en la escaramuza hilarante que los testigos veían sin dar crédito al desatino. Porque, dejando aparte la obviedad, el destino en esta historia no es Alonso Quijana, sino el vizcaíno que le sigue el amén. Y me quedo con esa imagen: la de alguien vulnerado en su mínima honra por alguien fuera del orden natural del negocio.
Por eso, y porque hay tanto todavía en ese vergel, mirar a Cervantes es una romería constante, un peregrinar con el oído al aire en la más desgarradora sed. Pero él no sacia, sólo desasosiega.
