Rezo

“y me encendí de amor, de amor sagrado”

Luís Alberto Spinetta

            Siempre era una aventura ir a ver a los gitanos. Se instalaban –entonces- en “el monte”, un bosquecillo de tamarugos y algarrobos en el borde sur del pueblo con su conjunto de carpas y su bullicio permanente. Pero piensen en esto: el pueblo es La Tirana, ubicado a un poco más de 44 millas (72 km.) de la costa, en el corazón del desierto de Atacama, Región de Tarapacá (Chile), en plena fiesta de la Virgen del Carmen, una de las celebraciones más populosas e importantes del país. Una explosión de colores, música y algunos impensados sincretismos (como un grupo de baile que se viste como los “pieles rojas” de las películas de los ’50 con trajes calipso). Una solemnidad que fácilmente podría pasar por un delirio que, sin embargo, convoca y resume el sentir popular de un pueblo aferrado al aire de sus suspiros y la esperanza en el poder de Dios, representado por la Santa Madre. Y ahí estaban ellos, haciendo su comercio espontáneo, instalándose con unas cuantas pailas y sartenes de cobre en cualquiera de las calles de la feria que se armaba durante la fiesta, casi tan grande como el pueblo, y también por ahí repartidos, buscando autos para comprar (al menos para intentar, me imagino que con poco éxito) y, sobre todo, ubicando a los mecánicos para encontrar o reparar piezas de sus vehículos, naves de aire setentoso que, en medio de las carpas y algunas alfombras puestas por ahí, producían una imagen que, por lo menos, estimulaba la lengua, antes que la imaginación. Más acá estábamos nosotros, todo el tiempo mirando de soslayo, recordando los viejos cuentos de que los gitanos se roban a los niños y los obligan a robar, de los trucos que tienen las más viejas para pedir plata y su bíblica insistencia. Recuerdo verlos fumar con la misma persistencia, con una actitud resuelta y al mismo tiempo vigilante.

            Con los amigos siempre buscábamos una razón para ir por ahí a mirar, pero la verdad es que nunca nos acercamos a hablar con ellos. Recuerdo que una vez, de hecho, un policía nos regañó por andar haciendo tonterías y nos mandó de vuelta al pueblo, que es lo mismo que cruzar la calle y llegar de vuelta al barrio.

            Y durante todos estos años me había sido imposible asociar su llegada a algún vínculo directo con el pueblo, con la comunidad y los feligreses, ni siquiera los comerciantes. Una mayoría de capitalinos más a una fracción de bolivianos que instalan sus cocinerías o venden sus productos durante el día para turnarse en la noche y vigilar sus mercaderías, casi siempre de los borrachines que derrama la noche y serpentean en la oscuridad casi de abandono que producen los pasillos de la feria completamente a oscuras. Tampoco, a decir verdad, los imaginé participando de la fiesta, sino más bien en una órbita que resume, en el fondo, esa coreografía que un extraño hace con el entorno que no le pertenece. Por eso fue grata la sorpresa, hace un par de minutos, cuando una amiga me contó que los había visto bailar para la Virgen, hace unos años. Que todos bailaban descalzos, a mitad de la noche, en medio de los 28 grados (-2 celcius) de la neblina nocturna. Que, además, mujeres y hombres vestían con sus mejores ropas mientras cantaban sentidamente y proyectaban no el respeto casi aterrado de la fe local, sino el amor que sólo un corazón generoso es capaz de repartir. Pero, sobre todo: que algunos músicos se reunieron espontáneamente alrededor y comenzaron a acompañarlos mientras la gente se acercaba a verlos, sobrecogidos por algo que, en el fondo, recrea eso que movió al mismo Hesíodo, anterior, quizá, a la Tragedia: el alivio de explicar el mundo como un rezo.

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