Un acontecimiento

   Miro una fotografía. La gente en ella, lejos de posar, se detiene como se hace frente a lo espectacular, o bien como mirando la instalación de un monumento. Todos los que observan la cámara atraviesan la lente con una sensación histórica en sus caras. dos niñas sosteniendo un bebé, un perro medio escondido detrás de sus piernas, un niño que pasaba y mira como si lo hubieran llamado a posar; un hombre semioculto en la esquina izquierda junto a su burro, recortado por la muralla de adobe. A la derecha, un padre y su hijo, con las manos atrás y los brazos en jarra, respectivamente. Un grupo de amigos que conversa, al parecer, fuera de la casa de los que están parados en el dintel con la naturalidad de los que saben su destino o, en el fondo, no les importa tanto como para mirarlo de frente. Ninguno formó parte de la historia oficial, o acaso lo hicieron como otra coma en los testimonios de su época, hecha escombros a penas se acabó la industria del Salitre. La fotografía es de 1890, el lugar, Oficina Salitrera La Noria, pueblo minero de la época dorada del salitre, en el Desierto de Atacama.

   Le comento a un amigo -quien compartió la foto en su página de Facebook- que la actitud de la gente hace que uno sienta la necesidad de participar, y automáticamente pienso en varias cosas: la vez que me senté por más de una hora a garrapatear en mi diario -en un acto tan desesperado como inútil- de explicarme esa necesidad de fotografiarse. Una hora en la que veía la primera nieve de reojo, mientras un ciervo caminaba como descifrando el ventanal del living, el garaje. Una hora en la que descuarticé el mundo como si no hubiera una respuesta y que, en esa hora de silencio, en ese rincón de nuestra generación, las palabras fueran definitivas… como siempre se piensa que son o deberían ser las palabras.

   También recordé las fotografías de la casa de mi abuela, mis amigos, amigos de éstos y hasta las del museo de mi ciudad natal. Hay una canción de Manuel García que habla del oficio: una fotografía retocada con una pintura especial que convertía cualquier expresión a la hermética y aséptica mirada de las muñecas de loza. Todavía no era masiva la fotografía, no en el rincón donde mis padres se criaron, no en la época en que la producción en masa era una maravilla casi de otro planeta, un reflejo de la ciencia ficción que se apoderaba de los cines y ya había cobrado víctimas con Orson Welles. Por lo mismo, las expresiones se endurecían y eran de total seriedad. Era un momento solemne para la familia, era casi tan importante como comprar el refrigerador, que se ponía en el living de la casa o junto al librero, al otro lado de la pared donde había una pequeña mesita arrinconada con la Biblia abierta en el Salmo 91 y un rosario dividiendo las páginas. Si no eso, había, en su defecto, alguna imagen santificada, o el ramo pascual, y sobre éstos, colgados como bien pudieron estar las cabezas del safari, la foto familiar. En algunas familias, como la de un amigo, estaban por separados el padre y la madre, dos matices del ímpetu en la mirada, dos miradas distintas de la vida que, sin embargo,se sabían sintonizadas. Entre ellos, a la manera de los árboles genealógicos, los retoños con su mezcla de susto y solemnidad propia de entonces. El temor de la vida reflejado en la doméstica reprimenda en caso de arruinarse la foto, la solemnidad que provoca el destino, el ir descifrando y viviendo como desarmando una madeja completamente anudada, leyendo cada fibra como también al fotógrafo, acaso concentrado en su aparato sostenido, como el propio devenir, en un trípode que acusaba su obsolescencia.

   Y era todo un cuento tomar las fotografías. Cada una era una efeméride personal: primera comunión, servicio militar, matrimonio y, en algunos casos, el primer retorno de la capital o la universidad, que valía tanto o más que lo invertido y hasta daba para subir el pelo a la familia.

  Y recuerdo, de cuando estaba chico, haber vivido el tardío boom de las cámaras personales. Entonces la Polaroid era una locura para ricos y famosos, y las desechables eran un capricho que más valía permitirse sólo una vez. La inversión era, a todas luces, la kodak con rollos cuya forma siempre me sirvió para hacer de todo menos para imaginar que de ahí salían las escenas con las cuales mi mamá me ha avergonzado un par de veces.

   En mi pequeño barrio, hecho a mano y sin permiso, las vecinas compartían el esfuerzo como para seguir construyéndose, para seguir juntas en lo que viniera por delante, para no sólo heredar a los hijos la casa por la cual se estaban desviviendo, sino también la alegría de una lealtad a prueba de cualquier crisis. En ese fundamento están fijadas las pocas fotografías que tengo de mis primeros años, en medio del tierral desértico, entre la sorpresa y la algarabía.

   Algunas (las más claras no sólo en mi recuerdo, sino también como parte del prontuario de rarezas que hice en mi niñez) fueron tomadas cuando tenía más o menos cuatro años. Entonces me dio por creerme perro y seguro me llamaba Spike o algo así. Mi papá trabajaba y mi mamá era dirigenta vecinal, puede que también empleada doméstica en un barrio cercano al nuestro. Mi hermana, una de las mujeres que ayudó en mi crianza (algo les debo, y junto pulmones para poder hacer por ellas algo como corresponde), daba rienda suelta a mi desvarío infantil poniéndome nombres, haciéndome preguntas y, sobre todo, poniéndome la sopa en el piso, por supuesto, cuando mis papás no estaban y mi hermano se había ido a clases. Según me cuentan, según la vaga imagen que tengo de uno de mis primos siendo regañado por copiarme, me metía bajo el sillón de mimbre o me escondía debajo de la cama. Tenía el jardín lleno de pequeños agujeros en los cuales enterraba mis autitos hasta nunca más saber de ellos. Serán cinco o seis fotos, pero en ninguna aparezco limpio y ni de pie.

   Y también recuerdo (a propósito de las fotografías y el abismo que podrían acusar si se piensa detenidamente en la cuestión de andar fijando imágenes de la vida solamente para pasarse otra parte de ella mirándolas como si algo se pudiera raspar de ellas, algo que no nos alcanza a tocar y que, en ese desvanecerse, se nos va el recuerdo o se empieza a hilar el relato agrio de la nostalgia) que, antes tener nuestra propia máquina fotográfica, mi hermana o mi mamá o ambas decidieran, previo arreglo de comprar la película y pagar el revelado a medias, de hacer una sesión de fotos con todos los niños de nuestra familia y los de una vecina. No tengo idea dónde fueron a parar las fotos de mis hermanos mayores, pero me enteré por Facebook que mi esposa conserva las que me tomaron esa vez. Habré tenido unos seis meses, como los hijos menores de la vecina Leo, hermanos mellizos de la misma edad que yo. En una de ellas, aparecemos los tres mirando fijamente la cámara, y pareciera que un diálogo vendría sino del aparato, de nosotros mismos. El diálogo extrañado de quien observa, de quién pergeña su primera pregunta sabiendo que los interlocutores ya lanzaron la misma inquietud. Una duda como un puente, como una fuente de luz para reunirse y -acaso- recibir calor. En la otra -subida a internet en uno de mis cumpleaños- estoy solo. La foto está tomada de más cerca, y una parte de la cuna está apuntalando mi enclenque postura. A decir verdad, fue la única vez en mi vida que fui gordo, y eso es mucho decir.

   Pero hay algo que cruza las tres anécdotas, y que en realidad valdría para buena parte de la Humanidad. Desde los retratos renacentistas hasta las fotografías de ocasión, corridas y circunstanciales, casi desechables y más bien victimarias (sí, un cómputo de la vergüenza trivial más que de la alegría o lo importante), siempre hay al menos alguien que se detiene y conserva algo así como un rigor en la mirada y una expresión que, más allá de su dureza, es en sí misma una cuña sosteniendo -prácticamente- una montaña. Esa montaña no es la vida, no completamente: es su misterio, lo que dirá o diría o está por decir y nos toca descifrar; es ese código del cual descolgamos algo sin saber que cavamos una profundidad que sólo nos cobijará al final del día, en el último susurro. Y dicho misterio, también, es la más linda sinfonía: el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice.

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