Proyecto de muerte: sobre Bozal, de Juan Malebrán

    El neobarroco ha dejado una huella profunda en la escritura contemporánea de Latinoamérica. De Sarduy en adelante, podemos incrustar varios nombres, o bien engancharlos a una órbita en la cual se dejan ver los trazos de un carnaval de sonidos, imágenes y sentidos cuya torsión, lejos de bordear los límites, los descubre justo después de dejar caer sus lámparas en medio de la materia oscura a la que se refieren con voracidad reveladora. Pero hablar del neobarroso es referirse casi específicamente a la argentina de Perlongher, a un momento particular en el cual se articulan las divergencias que encontraran su punto de fuga en autores como Lezama Lima, Sarduy o Reynaldo Arenas. El imaginario, marcado con el hedor del fango en los Cadáveres de Perlongher -circunscrito al Río de La Plata-, bien puede haberse movido, abriendo sus alas como una nube de tormenta sobre otras latitudes. Estos matices son visibles en Bozal, de Juan Malebrán (Chile), breve poemario que traza, entre el simbolismo hermético propio de un Mallarmé y el detalle táctil de un Lamborghini, una línea que propone al dolor como un espacio concreto de la vida cotidiana al que se le hace un constante rodeo.

    Pero decir sólo esto sería pecar de ingenuos. El libro cala profundo en varios aspectos, difíciles de abarcar en unos cuantos párrafos. Para comenzar, el título del libro propone dos ideas (o aplicaciones) de la violencia. La primera idea es la de mordaza. Perlongher plantea el tajo como inscripción propia del neobarroso en tanto que aproximación a la realidad, y Malebrán modifica esta propuesta con la mordaza como una mutilación más bien inmaterial: el habla. La mordaza no permite hablar, y hasta la respiración se hace difícil con un trozo de tela comprimiendo la comisura de los labios, secando la lengua, impidiendo el paso del sonido que nos permitiría pedir auxilio. La mordaza encarna también la tortura, forma de violencia incrustada en la memoria latinoamericana a punta de plomo y bota, y de esa memoria raramente se escapa. El Bozal, en cambio, es un elemento casi higiénico con el cual nos aseguramos que los animales no puedan morder a quienes tienen cerca. La metáfora de la asepsia se implanta, lejos de la sutileza, como una forma más totalizante de violencia: el mudo consenso de quienes sencillamente acatan en la mudez del conformismo. De ahí que su estrecha relación con lo humano invite a poner el dedo en la llaga a través de su uso simbólico: el elemento que amordaza socialmente e impide que el individuo descargue cualquier sensación agresiva con el entorno.

    En la misma línea, la crónica del alcoholismo y el desahucio implican dos nuevas dimensiones del bozal: se bebe para olvidar (la palabra, la expresión que carga, la emoción que compromete); y es, por lo mismo, la sutura, y el silencio que rodea al bebedor –acaso el poeta, acaso otro que se confunde con los propios recuerdos del hablante- es la agonía que atraviesa el relato. Por lo mismo, la asepsia médica que acompaña los distintos poemas, episodios de esta debacle, funciona como imagen metonímica de la apatía social, quizá la mordaza más lacerante de todas.

    Otros aspectos más evidentes del poemario tienen que ver con la unión que se hace entre la esperanza y la inutilidad. “Todo caerá, incluso tú/que confundes mi voz con tu voz/ para hacer de este encuentro tu propio sepelio,” sentencia el poeta en “Anafre”, aferrado a la futilidad de las lecciones que, sin embargo, golpean. La periferia, asociada a la imagen anterior, se plantea como un campo de batalla lejos del romanticismo proletarizante de algunas narrativas, mas nunca como un páramo desolado o incluso desprotegido: “Ten en cuenta/que no todos han nacido/para leer el mundo en el filo de los vidrios/que en lo alto de los muros/el viento desgasta lentamente.”

    La sed y el bar como suplicio, como centro de la comedia humana vista desde su espalda, en la horrorosa penumbra del desvarío que acecha: imágenes incrustadas e intercaladas en cada poema como destellos de encendedor en la niebla. “Me hago agua en la intemperancia de esta sed/de esta sala y en los gritos/de aquellos que padecen la ausencia de esta sed.” La poesía, en esta obra, se inscribe como un padecimiento, y el objeto poético como una herida. Como lo pensaran Perlongher y otros hace algunos años, y como otros tantos ocultos en la oscuridad, Malebrán presenta en Bozal la manera en que la Poesía revela cosas de las que nunca volvemos intactos. Del lado de los que esperan la muerte mirándola venir desde lejos, el autor propone no un proyecto de vida –a partir de la poesía-, sino un proyecto de muerte.

 

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