Servir para otra guerra. Sobre Abandono, de Jonathan Guillén Cofré

Hay quienes dicen que se lucha para sobrevivirse a sí mismo y terminar muriendo en manos del destino, cumpliéndolo. Los escenarios son siempre inciertos en esta perspectiva, y caben, en sus posibilidades, el triunfo o el abandono. De éstos, el segundo requiere una cuota acaso mayor de heroísmo: no sólo se abandona aquello que no puede combatirse o superarse, también se abandona lo que uno fue cuando ocurrió la debacle. El refrán popular que soslaya la fuga, en esta reseña, se reformula para indagar en el retrato (inconcluso) de la reconstrucción humana que Jonathan Guillén Cofré entrega como uno de los elementos posibles en Abandono (Editorial Navaja, 2017), su nueva entrega.

Casi fotográfica, la serie de poemas de autoexilios traza una línea de observación utilizando el extrañamiento como método de abstracción de aquello que el poeta decide abandonar. ¨Lejanos son los rincones de la infancia,” propone el poeta, y más tarde dice “afuera el camino y la muerte.” El poeta, buscando lo otro que puede llegar a ser, vuelve la espalda a aquello que se es en las imágenes desgranadas en cada poema de esta sección. Para ello, utiliza la sospecha –y no la duda, más gentil, de cínica diplomacia- como trayectoria de aproximación al mundo al que, se adivina, ha decidido hacerle la guerra: “Pero son una trampa las fronteras/cada uno carga sus muertos,” señala en “Autoexilio 4”, indicando los problemas domésticos como una arista de los problemas profundos de quien abandona y se desplaza. Es en esta vorágine que el hablante, además de acusar el movimiento, se vuelve una víctima del mismo y –quizá- de su propia sospecha: “No recuerdo/el minuto exacto/donde todas las trayectorias/me condujeron lejos,” apunta, azorado, el poeta que mantiene un punto de apoyo en la memoria, con la cual empuja su mundo en constante arrebato-reformulación: “pero yo los convoco/cuando camino/por estos desiertos/por estas playas/por las carreteras/en ambas direcciones/pero siempre lejos de casa/día y noche/solo.”

En Abandono, corazón de este retrato, la aventura no existe sino en su trastienda. “Cada vez se está más solo/las mujeres palidecen/se apagan como este lucero por las mañanas/una de ellas se olvidó algo de ropa,” va contando en “La pérdida,” mientras en “Fiebre” deshace la murete como suceso revelador, aunque es, al mismo tiempo, punto cardinal de aquello que se hace necesario –para el hablante, para este libro- para entablar la nueva perspectiva que se busca: “El hombre/no ha descifrado ningún secreto/todo sigue guardado en los cajones primitivos/de la condición humana.”

Hay también una tensión entre el recuerdo, la nostalgia y el presente del hablante. “Las playas” ofrece una perspectiva de la evocación que se basa en una escaramuza que acentúa, en todo caso, la necesidad de abandono constante del poeta en este trabajo. A partir de ello, la incompletud con que el poeta se expone al mundo –una vez que el abandono fue posible- se transforma en un ente victimario que en ningún momento martiriza y, sin embargo, señala un rasgo si no heroico, al menos loable: “no importa tanto la frontera que cruzas/cuando escapas de ti mismo/o de lo que fuiste para otros,” marca –sin esperanza, sin derrota- el poeta en “Todo sucede lejos,” parte de Lejanías, última sección de este trabajo.

El extrañamiento como antagonista del poeta; el desarraigo como metonimia del extrañamiento. Repitiéndose, ya consolidado, el poeta es el único artífice de su tragedia y, por lo tanto, el único portavoz de esta palabra inconclusa, mas no incompleta. “Vivir fuera en otro Pacífico” hace de colofón a este retrato, que marca un camino que, aunque visto, es poco transitado en la palabra actual y que atiende a una escuela que deposita en el componente humano la medida de las cosas del mundo que insinúa. El extrañamiento, la enemistad con el medio, el antagonismo con la memoria o la brutal resistencia al miedo como vías de tránsito poético, van zurciendo en Abandono una cicatriz que provoca tanta fascinación como sobresalto. En virtud de conocerse, el relato demanda lo que toda poética debiera exigir para ser vivida: el atrevimiento más allá del vértigo que involucran sus líneas. “sólo accedo a perderme/a ir y venir entre las habitaciones/y no saber dónde estoy,” y asimismo, nos perdemos todos en estas páginas, sin heroísmo, sin esperanza.

 

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