La reina desterrada

     En los años dorados de mi barrio, cuando el ejército de cabros chicos poblaba la avenida sin pavimentar sembrando el griterío en la desteñida tarde desértica, las chicas aprendían del mundo con la Vecina Pituca. Dejo su nombre anclado en la duda: me agarro del beneficio movido por el respeto y la culpa, ambos en esa peligrosa, afilada proporción que la memoria otorga cada tanto, quién sabe si como bendición o castigo.

     La sede social servía para algo más que salón de fiestas, y era, a decir verdad, un pequeño sucucho de madera que, afinando un poco la vista, bien podría ser la misma sede que tuvimos en el primer barrio, y que su conservación haya sido el monumento con que recordaban el pulso de hierro y la persistencia había levantado esas cuatro cuadras de añoranza proleta. Entonces se hacían reuniones, bingos, fiestas de la infancia, proyectos de participación activa y consciente de todos los que habitaban el barrio. En ese período la vecina hacía cursos de cocina para las mujeres del barrio, casi todas jovencitas de la generación de mis hermanos mayores.

      Que había trabajado en el Sheraton de Santiago, que había participado en banquetes con Pedro, Juan y Diego, que había almorzado con la mismísima Señora Lucía, tan fina y solemne que era… todo servía para motivar a las chicas no sólo a conocer los ingredientes de los creps de atún con salsa blanca, sino los vericuetos y coreografías de la buena mesa, las buenas costumbres y la tan ausente etiqueta. El barrio, toma de terrenos devenido proyecto de vida, cuatro cuadras de proletariado soñador y muchedumbre juvenil al pedo, era el apostolado que la vecina, sin pena ni gloria, quiso levantar en pos de mejorar no sólo el material donde la gente dormía su pena, también la manera de servir el vino en que las ahogaban. Pero las chicas estaban creciendo y los chicos se hacían fuertes, y la playa quedaba tan cerca que, en lo que la vecina se demoraba en contar sus mil y un banquetes como reina desterrada, bufanda de seda percudida entre sus dedos pálidos, las chicas ya estaban maquilladas de cara al sol viendo a sus galanes veraniegos perderse en las olas de Cavancha, el balneario de la eterna juventud de esa esquina del mapa.

     Entonces volvió a su rincón de secretaria. La rutina con que atravesaba el barrio era siempre la misma: el nuevo perfume que lucía, regalo de la esposa del doctor, la queja de la basura y los perros de la vecina, que siempre se le metían al patio a molestar a sus canarios, el espanto por lo que la noche y su cortina drogona le estaba haciendo a los hijos, que nunca fueron los suyos porque, a decir verdad, todos eran grandes y vivían en otro lugar y nadie pudo jamás verlos. Mi mamá la saludaba medio de lado, más que nada evitando el rosario de abolengo y gloria añeja con que hablaba de tantas cosas, memorias que a mi mamá la ponían casi siempre del otro lado del río: la mesa en que la vecina cortaba el salmón al horno era la misma en que ella servía el vino.

     Por eso, por su desfile pituco y agrio, por su poca relación con los vecinos y por su actitud llena de gracia cuando compraba los más caros fiambres a la hora del té mientras contaba las maravillas de Cancún y el recuerdo que le había traído el doctor de su último viaje a la Península del Yucatán, nadie la echó de menos cuando se le veía poco por el barrio. Ni cuando nadie escuchaba historias de vecino sobre algún famoso venido a menos en la incipiente, pálida democracia de los primeros 90’s, ni en la llegada en masa de los nuevos arrendatarios, siempre móviles en un barrio que había perdido los dientes en la droga y la desilusión, ni cuando los hijos del barrio empezaron a tener hijos y éstos crecían fuertes y sanos y llenaban otra vez la calle con la chimuchina infanta que sabe barrer cualquier espanto; ni siquiera para el terremoto de 2005 en que nadie la vio salir, hubo el menor interés en preguntarse por ella. En el múltiple tejido de la vida cotidiana, ella apareció como una hilacha que se cortó sin pensamiento de por medio.

     Hubiera sido así hasta que un día salió a sembrar el pasto en su peladero de dos por cuatro en el frontis de la casa y le contó al primero que pasó que se había jubilado de la oficina del doctor. A los pocos días, iba y venía del mercado con su cartera gastada, de punta en blanco con su penacho de pelos sucios, pintura reseca en la comisura de los labios. Y mi mamá la escuchaba: gloria y debacle de la casa de al lado, la Señora Lucía y sus recetas de belleza express que nunca le sirvieron porque todos los cosméticos que ella nombraba eran también puntos en el globo terráqueo desde los cuales llegaban los recuerdos de sus amigas, las amigas que la vecina siempre quiso tener y que, ya temblando, ya entregada al horror de una jubilación en solitario, jamás tendría ni supo tener.

     Nunca importó, para nadie en el barrio (y tanto peor) ni para ella, cuando la fue a buscar la ambulancia. Fue la única vez que la vieron tan pequeña como era. No estaba mirando el mundo desde la altura de sus tacos, tampoco al amparo de su máscara de alcurnia empolvada. Miraba de reojo con verdadero espanto, avanzando sobre la camilla como a la deriva, mientras su hijo se subía al auto y los vecinos, sin recordar su nombre, sabían que de ahí en adelante sólo se espera, aunque nada se tenga en claro. La reina del recuerdo se iba con lo puesto. La única pregunta que se hicieron todos fue el precio del arriendo de la nueva casa disponible, o si acaso estaba en venta.

El abrazo

     El abrazo significa muchas cosas: la libertad de un pueblo (como San Martín y O’Higgins), la buena ventura, el amor o el espanto. Sin duda, el más elocuente en mi memoria es el que nunca di.

            Los pocos recuerdos buenos de mi niñez pasan casi todos por un solo lugar: el Centro Abierto. Una suerte de guardería donde niños, niñas y hasta jóvenes pasaban una mañana, la tarde o el día entero entre salones y patios donde se jugaba y aprendía sobre el mundo, bailes típicos y se discutían problemas tan personales como transversales, diría que hasta fundamentales al momento de trabajar lo que tantos tenían como tarea pendiente o más bien como responsabilidad adquirida: la convivencia. Eran tantas las calamidades que rondaban a cada uno de los que allí estaban, que era mejor jugar hasta la rabia y competir con lo que fuera para ganarle a algo: baile, dibujo, teatro o una simple partida de cartas, siempre bajo arbitrio de las Tías, nuestras amorosas cuidadoras.

            Pero lo mejor eran los días jueves, según recuerdo. Con la Tía Jessica salíamos a dar una vuelta por la ciudad a visitar los rincones del puerto y respirar su frescura. El mar era el destino preferido más por la concentración de parques que por la lección que nos podían dar y que, eventualmente, vendría. Cada visita tenía un propósito que casi nunca cumplíamos, acaso porque las tías también purgaban sus corazones de tanto mirar las olas, de tanto vernos revelando un universo completo en el festival de piedras que les tirábamos a los cangrejos o mientras cazábamos lagartijas en los peñazcos, cuando saltábamos de juego en juego como desafiando a la muerte y en verdad desafiando a la vida, o corriendo de bote en bote, como la vez que fuimos al muelle de pasajeros y vimos todas las embarcaciones ancladas, una al lado de la otra, como una suma de ataúdes desde los que hablaba el bullicio ausente. Tanto teníamos para ver en el mar, tanto para oír, tanta la voracidad del alma, que nos sentábamos, en algún momento, a sólo mirar, callados o más bien silenciados por esa profundidad que parecía una tumba. Era un respiro, un momento en que las tías oteaban -recuerdo haberlas visto de reojo un par de veces- con la alegría de hacer lo correcto y comprobar que los programas (por arquetípicos, por asépticos, por perfectísimos y herméticos) no siempre tienen la razón. Era la verdadera alegría, la total alegría, general alegría, vasta como el mar y poderoso, poderosísimo tesoro acunado al unísono en cada corazón. Era una restauración que, por precaria que fuera, era espontánea y desdibujaba la periferia que todos arrastrábamos como la cruz del inocente.

            La Tía Jessica. Tal vez su nombre no se escriba así, mas la recuerdo con amor y culpa, con el polvo del recuerdo en torno y la pesada añoranza de haber hecho lo contrario. Trabajaba en un supermercado como asistente de sala. El cargo real era otro, pero este suena mejor para el heroísmo conque algunos hacíamos la tarea en ese lugar donde la ensoñación proleta se desgrana en cuotas precio contado y donde reyes y mendigos desfilan ante la proyección de sus deseos con la mala gana de una maquinaria que golpea indetenible. Atendía a un cliente indio que siempre me esperaba porque era el único de los empleados que balbuceaba inglés y él, ocupado en sus negocios y seguro -segurísimo- en su círculo empresarial-familiar-cultual (Mi ciudad es un crisol de culturas en perfecta, sincronizada repelencia) no se preocupaba de aprender el idioma, entretenido, al mismo tiempo, del esfuerzo caricaturezco de hablar en otro idioma que algunos ofrecíamos como servicio que a nadie del segundo piso le importaba.

            Y me agarró, me llevó por todos los pasillos, derivé la radio comunicadora en uno de los jefes mientras agarraba frutas, verduras, mariscos, opiniones sobre el clima y los diarios, fiambres varios y las muchas gracias por la paciencia, apretón de manos en el mismo lugar donde empecé y la cara de mis compañeros (malos ojos que no ocultaban la sorpresa y la envidia) atravesándome la espalda mientras una señora me tocaba el hombro y me saludaba con el amor que, recordaba, nos despedían después de la leche, al volver del paseo inventado al museo o el teatro, que era siempre el mar y el parque, siempre la risa y el breve silencio, el largo suspiro y el retorno a casa en penitente silencio. La Tía Yeka, como le decíamos, llevaba una niña de la mano, igual a ella, y mientras me saludaba intentaba aquietar sus manos, vibrantes por el abrazo que no le ofrecía, sorprendido de no haberla visto en años en una ciudad tantas veces caminada, tantas horas vivida. Me pide lo más ridículo que se le pudo ocurrir (un candado para cerrar una puertita en su casa donde estaba la toma de agua para regar las plantas) y, después de que le diera el no correspondiente, nos miramos un par de segundos.

            No sé qué vergüenzas, que escapes fui fraguando en la mirada, qué angustias, pero pude ver cómo ella contestaba con la suya que la vida había sido buena con todos, que los dones que reparte ya estaban a la vuelta de la esquina, junto con lo que tenga que venir y a lo que debemos arrimarnos, y cortó el hilo como diciendo adiós para siempre, suspirando con timidez.

            Antes de irse, y sin decir mi nombre (que para ella eran todos los nombres que pasaron por sus manos) me dice: “Chao. Cuídese”, y se va como agarrada de la niña, como si la niña la llevara tanteando el aire, que para ella era el mismo mar donde mi amor fue fecundo y terrible, con los años.

            Por eso, con la edad, los párrafos y vómitos y noches y desventuras de por medio, con todo el aparato de la palabra y mi desvergüenza, ocupo estas líneas para abrazarla como seguro la siguen abrazando los niños tristes de mi ciudad, también de cara al mar.

Un testamento en la arena. Mahomenos de Jorge García Bastías.

    Las ciudades serpentean en los pies, las manos. Van ajando los rostros, cerniendo una culpa que aplasta prodigiosamente con el mínimo hollín de los motores. Y en el desierto, se agrega la elocuencia de una planicie que devora: la voz desaparece reemplazada por el hastío; la palabra, por una mudez submarina que, paradójicamente, seca los huesos. Las noches de una ciudad en el desierto pueden ser una desgracia o una maravilla, entendiendo que, transitando entre los extremos, ocurre la aventura de la vida aunque parezca que su conjunto es un hormiguero cansado y eléctrico. Podemos saber eso a través de Mahomenos, de Jorge García (Santiago, 1983), podemos verlo abriendo la noche con un verso que jamás ha logrado decir en voz alta. Un verso que pueda no importarle, de tanto que lo persigue.

    Pensar en el título puede ser un engaño. Creer que apela a una coloquialidad irresoluta, también. Intentar descifrarlo, otra pérdida en el transcurso de sus páginas. Hay, en todo caso, algunas luces en la misma contratapa del libro, además del tímido recuerdo generacional, ya anquilosado y probablemente nunca muy popular, de la expresión “creerse más o menos”, por decir -medio en broma, medio en serio- de alguien que goza de un exceso de amor propio, más que de confianza. En esa línea, el título funciona más como un ejercicio despectivo del producto sin abandonar la ternura con que se ve. Y aunque apela también a la irreverencia del conjunto, no contiene de manera alguna el espíritu del libro, algo que llama la atención y anticipa la negativa casi sistemática del trabajo a ser, en alguna medida, descrito.

    Las caminatas por la noche de las ciudades, su silencio y, dentro de él, la permanente divagación, la cuestión de la Realidad (en su dimensión concreta) como un objeto cuya lucha – la que el poeta entabla- es justamente tener que abarcarlo. Ya la pura palabra se le mueve en el pecho como una cucaracha huyendo de la luz. “Me estoy atando los zapatos, contento, silbando, y de pronto la infelicidad”, cita que abre y propone una línea de sentido que de ninguna manera es definitiva, sino todo lo contrario: la imprevisibilidad con que el personaje de esta cita es atacado es la mecánica con la cual se han ido articulando (o des-articulando) los fragmentos y poemas del volumen.

    La luna de Cortázar finalmente es el camino que encuentra para abandonar. Un juego deconstructivo, una prueba constante a la lógica o una lógica provocación al orden elemental de las relaciones -lingüísticas, más que sociales-, deshechos en el clásico rechazo en que lo metafísico se mezcla con el desvarío. “estrictamente arrepentirse es volver (….) Desde los inicios del fuego nos han hecho creer que podemos relatarlo todo”, sentencia en Equívoco, un ejercicio de perspectiva, si se toma en cuenta el tratamiento práctico de un hecho más bien abstracto: el arrepentimiento. Su voz es la no-voz, es un alarido que sólo le arranca, usualmente, una sonrisa disuelta en la bocanada de humo que libera al final de un vaso o abriendo otra botella: “oiré como lloras y pides perdón, porque te falta una pausa/ te falta un abismo”, y más adelante: “Construir definitivamente nunca habrá sido el verbo/ si guardamos silencio, qué habrá” (P. 19)

    El poeta camina a ciegas, y da para pensar de que fuera más por vocación nocturna que por cuestiones estéticas. Lo suyo es escupir la poesía a su propio reflejo, al conocimiento que carga. Lejos de ser una recapitulación, la inserción de “espacios” -o fragmentos y relatos- narrativos recrea un plano a partir del cual se proyecta una demolición total, hasta los mismos cimientos del poeta. Porque este discurso disrruptivo no recae en la poesía, sino más bien marca un límite respecto del poeta, iniciando así una trayectoria

implosiva de la cual, sólo a lo largo del libro, podrá ser vista en su totalidad cuando la debacle termine por desequilibrar el semblante, la última frontera de cordura: el miedo mayor del poeta, finalmente, es abrir la boca y decir algo. “Porque eres tierra y me duele pronunciarte/ Porque eres tierra y nosotros tus vástagos/ Profundamente violándote”, confiesa en Esbozo de química y retroceso.

    El dolor aparece más en el sentido de categoría que como espacio emotivo o elemento de la catarsis. Es un coloso al que se describe por oposición, o sea, por aquello que oculta tras su silueta o bien a través de lo que no se dice de él. No hay mediación entre el dolor y el motivo literario: el libro no funciona como vía o elemento definitorio sino como rodeo al dolor; también como una acusación al pánico, siempre al acecho: el pánico como una certeza, guardada u oculta -a su vez- como una estocada bajo el poncho. Lista de abril, pudiendo ser entendido como un manifiesto, esgrime:

Hay libros que no entenderé y eso me hace estúpido.
Hay personas a las que no comprendo y eso me hace un mentiroso. Hay cosas que nunca compraré y eso me hace un capitalista. (envidioso y totalmente incompleto)
(…)
Hay drogas que no probaré.
Hay lugares que no visitaré.
Hay amores que no conoceré. (P.40)

    Porque el mundo le duele, porque el pánico llega y ese vaivén es una estocada que penetra sin cansancio, porque en la soledad del poeta hay más búsqueda que martirio, porque el licor no es una fiesta ni una resurrección, tampoco un medio mas sí una herramienta, el libro eleva una consigna que, aunque confusa -o precisamente por eso-, se mantiene en pie gracias a su cercanía con la tierra firme: porque el mundo sigue girando, no se pueden bajar los brazos, aunque nos hagamos pedazos el rostro elevando la sonrisa.

    Finalmente, como rezan las tres poesías de Parra: “Sólo una cosa es clara/ Que la carne se llena de gusanos”, y el poeta agrega, implícitamente: en tales circunstancias, vale más seguir cantando “‘¡Porque las palabras son nuestras!/ ¡Porque Ellas nos arrebatan!”

     Invito a leer este libro, a buscarlo, no por ser un nuevo faro en la noche mecánica del mundo contemporáneo, sino todo lo contrario: es un libro hecho a pie, un mensaje cifrado desde las llagas del defecto, desde la cama revolcada. Es un mensaje dicho al extraño del bar o al desconocido de la micro, a todos y a ninguno. Y es, sobre todo, un testamento en la arena.

Proyecto de muerte: sobre Bozal, de Juan Malebrán

    El neobarroco ha dejado una huella profunda en la escritura contemporánea de Latinoamérica. De Sarduy en adelante, podemos incrustar varios nombres, o bien engancharlos a una órbita en la cual se dejan ver los trazos de un carnaval de sonidos, imágenes y sentidos cuya torsión, lejos de bordear los límites, los descubre justo después de dejar caer sus lámparas en medio de la materia oscura a la que se refieren con voracidad reveladora. Pero hablar del neobarroso es referirse casi específicamente a la argentina de Perlongher, a un momento particular en el cual se articulan las divergencias que encontraran su punto de fuga en autores como Lezama Lima, Sarduy o Reynaldo Arenas. El imaginario, marcado con el hedor del fango en los Cadáveres de Perlongher -circunscrito al Río de La Plata-, bien puede haberse movido, abriendo sus alas como una nube de tormenta sobre otras latitudes. Estos matices son visibles en Bozal, de Juan Malebrán (Chile), breve poemario que traza, entre el simbolismo hermético propio de un Mallarmé y el detalle táctil de un Lamborghini, una línea que propone al dolor como un espacio concreto de la vida cotidiana al que se le hace un constante rodeo.

    Pero decir sólo esto sería pecar de ingenuos. El libro cala profundo en varios aspectos, difíciles de abarcar en unos cuantos párrafos. Para comenzar, el título del libro propone dos ideas (o aplicaciones) de la violencia. La primera idea es la de mordaza. Perlongher plantea el tajo como inscripción propia del neobarroso en tanto que aproximación a la realidad, y Malebrán modifica esta propuesta con la mordaza como una mutilación más bien inmaterial: el habla. La mordaza no permite hablar, y hasta la respiración se hace difícil con un trozo de tela comprimiendo la comisura de los labios, secando la lengua, impidiendo el paso del sonido que nos permitiría pedir auxilio. La mordaza encarna también la tortura, forma de violencia incrustada en la memoria latinoamericana a punta de plomo y bota, y de esa memoria raramente se escapa. El Bozal, en cambio, es un elemento casi higiénico con el cual nos aseguramos que los animales no puedan morder a quienes tienen cerca. La metáfora de la asepsia se implanta, lejos de la sutileza, como una forma más totalizante de violencia: el mudo consenso de quienes sencillamente acatan en la mudez del conformismo. De ahí que su estrecha relación con lo humano invite a poner el dedo en la llaga a través de su uso simbólico: el elemento que amordaza socialmente e impide que el individuo descargue cualquier sensación agresiva con el entorno.

    En la misma línea, la crónica del alcoholismo y el desahucio implican dos nuevas dimensiones del bozal: se bebe para olvidar (la palabra, la expresión que carga, la emoción que compromete); y es, por lo mismo, la sutura, y el silencio que rodea al bebedor –acaso el poeta, acaso otro que se confunde con los propios recuerdos del hablante- es la agonía que atraviesa el relato. Por lo mismo, la asepsia médica que acompaña los distintos poemas, episodios de esta debacle, funciona como imagen metonímica de la apatía social, quizá la mordaza más lacerante de todas.

    Otros aspectos más evidentes del poemario tienen que ver con la unión que se hace entre la esperanza y la inutilidad. “Todo caerá, incluso tú/que confundes mi voz con tu voz/ para hacer de este encuentro tu propio sepelio,” sentencia el poeta en “Anafre”, aferrado a la futilidad de las lecciones que, sin embargo, golpean. La periferia, asociada a la imagen anterior, se plantea como un campo de batalla lejos del romanticismo proletarizante de algunas narrativas, mas nunca como un páramo desolado o incluso desprotegido: “Ten en cuenta/que no todos han nacido/para leer el mundo en el filo de los vidrios/que en lo alto de los muros/el viento desgasta lentamente.”

    La sed y el bar como suplicio, como centro de la comedia humana vista desde su espalda, en la horrorosa penumbra del desvarío que acecha: imágenes incrustadas e intercaladas en cada poema como destellos de encendedor en la niebla. “Me hago agua en la intemperancia de esta sed/de esta sala y en los gritos/de aquellos que padecen la ausencia de esta sed.” La poesía, en esta obra, se inscribe como un padecimiento, y el objeto poético como una herida. Como lo pensaran Perlongher y otros hace algunos años, y como otros tantos ocultos en la oscuridad, Malebrán presenta en Bozal la manera en que la Poesía revela cosas de las que nunca volvemos intactos. Del lado de los que esperan la muerte mirándola venir desde lejos, el autor propone no un proyecto de vida –a partir de la poesía-, sino un proyecto de muerte.

 

Hoja de ruta

   Como una procesión de ataúdes en un río monumental, como los troncos arrojados desde la montaña, o como suele graficarse la desesperación aplastante que pergeña la maquinaria en los semblantes, esperábamos todos en la hora y media de taco que la 95 nos regaló entre Warwick y la salida 19, en Providence. La media tarde derritiéndose en los parabrisas, la ofuscación evaporándose con su densidad de espejismo, el gas flameando en los tubos de escape, jadeantes en su lentitud nerviosa.

   Espléndido, el cielo mantiene su lejanía y, para ver mejor o para perpetuar el espanto, se abre celeste, casi blanco al borde de la urbe, ennegrecida y bramante a cada costado de este cinturón de asfalto.

   Y en cada adentro, aire acondicionado de por medio, acaso una bocina ocasional que titila como un presagio o una sirena que en lontananza triza la expectación que provoca la curva que se asoma prometiendo la descongestión, cada pasajero es una música que poco o nada envidia el tránsito irresoluto de los pasajeros del bus y su cansancio en frío, abrumado de silencio.

   ¿Qué refugia la lista de canciones?,¿qué artefacto emotivo se mantiene agazapado en la sencilla operación de buscar la canción que se deposite narcótica en los oídos y desplace la imagen del auto de adelante, su chofer hurgándose la nariz, el niño que hace caras en el costado, el winner que hace rugir el motor mientras mira de soslayo a todo el mundo y en especial a ti, que acabas de revelar no sólo un secreto (entonces) incómodo, sino que recuerdas con vergüenza el amor puesto en un significado incompleto (entonces) que ahora, bajo ese sol y al calor del delirio industrial, reconoces sin poder volver del espanto?, ¿cuánto pesa, cuánto dura el lastre?¿A cuántas salidas espera el alivio o la mecánica, el hogar con su colección impresionada?

   Me pregunto esto pensando en lo que me sucedió entre la entrada a la 95 desde la ruta 4, un poco antes de que entren los carriles que vienen y van a la 295 cerca de Warwick, justo después de la curva en la que todo es un río revuelto y la música marca la hoja de ruta y afirma los nervios mientras todos, a 60 millas por hora, nos acomodamos en el devenir fluvial de los motores y su rugir continental. Venía entre dos autos, esquivando el choque con el Civic que tenía por delante mientras se me metía el Cadillac por la derecha cuando Violeta Parra empezaba a cantar su Rin del Angelito. La guitarra en re menor redoblando como si de ella manara una sentencia, el chofer del Cadillac asomando su arrugada furia por el costado casi de soslayo, mi tímida pisada al freno mientras miraba la articulación de una suculenta puteada en el retrovisor, y Violeta, Doña Violeta todo el tiempo, desgranando con su casi silencio al angelito muerto en un mesón.

   Juro haberme topado con el silencio. En medio de un bramido en el que además podía escuchar -¡lo juro!- el latir de mi corazón, ya en la garganta después de la arremetida del viejo que, estoy seguro, se transportó quizá dónde, con qué música, a una carrera a muerte como en las peores películas de Steven Seagal o cualquiera de las que podría ser exactamente lo mismo y sin embargo nos han rellenado tantos sábados, tantas soledades o cuántas conversaciones con la vieja, admiradora enamorada de estos tipos cuyo carácter no era distinto a la del viejo cara de tortuga que pasó, así sin más, y se dio el lujo de levantarme el dedo no sólo a mi, sino al que adelantó en el carril de la izquierda… Juro que el silencio envolvió el interior del auto y sólo me permitió oír la delgadita voz de Violeta martillando, verso por verso, el niñito que, ya muerto, está rodeado de mariposas que le caminan despacito.

   Y pienso en las mariposas, en las moscas sobre el ciervo cerca de la salida 13, y de pronto me cae la última piedra en la cabeza, en medio del taco que, llegando a la salida que da para el Jefferson Boulevard, me regaló otra media hora hasta la 19 rumbo a la 195 Este, donde suelo bajarme para evitar las 6 salidas que rodean el mall y donde se juntan los carriles como un nudo de víboras. Violeta, la de los ojos cansados, la que hizo florecer el canto, el arte de toda una generación, la abuela maestra de todos los destetados artistas que militan en el cansancio y la esperanza, pregunta: A dónde se fue su gracia/ y a dónde fue su dulzura/ porque se cae su cuerpo/ como una fruta madura y yo ahí, como en una marcha inmemorial de ataúdes cuyo motor va a la deriva, sulfurado por la poca paciencia, fulminado por la revelación de una canción que casi rezaba en primaria y que ahora, con la naturaleza escurriéndose en los recodos y curvas de esta arquitectura desbordada, en los cruces de una carretera descorazonada me llevaba, casi de huida, a mirar en todas las ventanas que tenía disponibles: a los chicos de adelante, de los que no me percaté que, de un auto a otro, discutían y hacían rugir sus motores y tenían a la señora de mi izquierda mirando como si la vida la hubiera arrojado de repente a un lugar donde ella jamás había imaginado; o al tipo de atrás, que terminaba de esnifarse algo y lamía el papel con método y miraba el retrovisor como si en realidad estuviera felicitándose; o la chica de mi derecha, radiante, recién bañada y contenta, acaso retornando del amor o dirigiéndose a él como una flecha amarrada a un globo, esperando mi buena voluntad, esperando que yo la dejara pasar. Y en medio de esa debacle pensaba, por primera vez, ¿cuál es la banda sonora de cada persona en este pedazo de autopista? ¿Cuál será la hoja de ruta que sostiene cada banda sonora, cómo es que cada canción le da sentido a la vida de la gente en este camino cuyo sentido no es más que el enjambre dirigiéndose al fuego, enceguecidos como estamos por el gas y el humo para nada metafóricos? ¿Qué ha hecho la música al siglo en que viajamos solos y comemos en silencio, donde pagamos lo que nos falta para comer lo que podríamos plantar en casa en vez de ver televisión, en donde un etcétera diabólico y malsano se extiende, justamente, como las millas de arquitectura que no interrumpe su intervención, su aparato extático y sordo?

   Llegando a Hope, a un par de cuadras de mi casa, no puedo pensar sino en cómo es que la vida nos arroja a esos espacios, cómo llegamos a concebir, entre el espanto y la ternura (como diría Silvio), todo el mundo y un suspiro.

   Sólo dejaré a la especulación la evidente perorata que se fumó mi esposa no sólo esa tarde, sino la semana completa de ir, en el fondo, repitiendo calladamente mi propia hoja de ruta, donde ya no escribo solo.

Un acontecimiento

   Miro una fotografía. La gente en ella, lejos de posar, se detiene como se hace frente a lo espectacular, o bien como mirando la instalación de un monumento. Todos los que observan la cámara atraviesan la lente con una sensación histórica en sus caras. dos niñas sosteniendo un bebé, un perro medio escondido detrás de sus piernas, un niño que pasaba y mira como si lo hubieran llamado a posar; un hombre semioculto en la esquina izquierda junto a su burro, recortado por la muralla de adobe. A la derecha, un padre y su hijo, con las manos atrás y los brazos en jarra, respectivamente. Un grupo de amigos que conversa, al parecer, fuera de la casa de los que están parados en el dintel con la naturalidad de los que saben su destino o, en el fondo, no les importa tanto como para mirarlo de frente. Ninguno formó parte de la historia oficial, o acaso lo hicieron como otra coma en los testimonios de su época, hecha escombros a penas se acabó la industria del Salitre. La fotografía es de 1890, el lugar, Oficina Salitrera La Noria, pueblo minero de la época dorada del salitre, en el Desierto de Atacama.

   Le comento a un amigo -quien compartió la foto en su página de Facebook- que la actitud de la gente hace que uno sienta la necesidad de participar, y automáticamente pienso en varias cosas: la vez que me senté por más de una hora a garrapatear en mi diario -en un acto tan desesperado como inútil- de explicarme esa necesidad de fotografiarse. Una hora en la que veía la primera nieve de reojo, mientras un ciervo caminaba como descifrando el ventanal del living, el garaje. Una hora en la que descuarticé el mundo como si no hubiera una respuesta y que, en esa hora de silencio, en ese rincón de nuestra generación, las palabras fueran definitivas… como siempre se piensa que son o deberían ser las palabras.

   También recordé las fotografías de la casa de mi abuela, mis amigos, amigos de éstos y hasta las del museo de mi ciudad natal. Hay una canción de Manuel García que habla del oficio: una fotografía retocada con una pintura especial que convertía cualquier expresión a la hermética y aséptica mirada de las muñecas de loza. Todavía no era masiva la fotografía, no en el rincón donde mis padres se criaron, no en la época en que la producción en masa era una maravilla casi de otro planeta, un reflejo de la ciencia ficción que se apoderaba de los cines y ya había cobrado víctimas con Orson Welles. Por lo mismo, las expresiones se endurecían y eran de total seriedad. Era un momento solemne para la familia, era casi tan importante como comprar el refrigerador, que se ponía en el living de la casa o junto al librero, al otro lado de la pared donde había una pequeña mesita arrinconada con la Biblia abierta en el Salmo 91 y un rosario dividiendo las páginas. Si no eso, había, en su defecto, alguna imagen santificada, o el ramo pascual, y sobre éstos, colgados como bien pudieron estar las cabezas del safari, la foto familiar. En algunas familias, como la de un amigo, estaban por separados el padre y la madre, dos matices del ímpetu en la mirada, dos miradas distintas de la vida que, sin embargo,se sabían sintonizadas. Entre ellos, a la manera de los árboles genealógicos, los retoños con su mezcla de susto y solemnidad propia de entonces. El temor de la vida reflejado en la doméstica reprimenda en caso de arruinarse la foto, la solemnidad que provoca el destino, el ir descifrando y viviendo como desarmando una madeja completamente anudada, leyendo cada fibra como también al fotógrafo, acaso concentrado en su aparato sostenido, como el propio devenir, en un trípode que acusaba su obsolescencia.

   Y era todo un cuento tomar las fotografías. Cada una era una efeméride personal: primera comunión, servicio militar, matrimonio y, en algunos casos, el primer retorno de la capital o la universidad, que valía tanto o más que lo invertido y hasta daba para subir el pelo a la familia.

  Y recuerdo, de cuando estaba chico, haber vivido el tardío boom de las cámaras personales. Entonces la Polaroid era una locura para ricos y famosos, y las desechables eran un capricho que más valía permitirse sólo una vez. La inversión era, a todas luces, la kodak con rollos cuya forma siempre me sirvió para hacer de todo menos para imaginar que de ahí salían las escenas con las cuales mi mamá me ha avergonzado un par de veces.

   En mi pequeño barrio, hecho a mano y sin permiso, las vecinas compartían el esfuerzo como para seguir construyéndose, para seguir juntas en lo que viniera por delante, para no sólo heredar a los hijos la casa por la cual se estaban desviviendo, sino también la alegría de una lealtad a prueba de cualquier crisis. En ese fundamento están fijadas las pocas fotografías que tengo de mis primeros años, en medio del tierral desértico, entre la sorpresa y la algarabía.

   Algunas (las más claras no sólo en mi recuerdo, sino también como parte del prontuario de rarezas que hice en mi niñez) fueron tomadas cuando tenía más o menos cuatro años. Entonces me dio por creerme perro y seguro me llamaba Spike o algo así. Mi papá trabajaba y mi mamá era dirigenta vecinal, puede que también empleada doméstica en un barrio cercano al nuestro. Mi hermana, una de las mujeres que ayudó en mi crianza (algo les debo, y junto pulmones para poder hacer por ellas algo como corresponde), daba rienda suelta a mi desvarío infantil poniéndome nombres, haciéndome preguntas y, sobre todo, poniéndome la sopa en el piso, por supuesto, cuando mis papás no estaban y mi hermano se había ido a clases. Según me cuentan, según la vaga imagen que tengo de uno de mis primos siendo regañado por copiarme, me metía bajo el sillón de mimbre o me escondía debajo de la cama. Tenía el jardín lleno de pequeños agujeros en los cuales enterraba mis autitos hasta nunca más saber de ellos. Serán cinco o seis fotos, pero en ninguna aparezco limpio y ni de pie.

   Y también recuerdo (a propósito de las fotografías y el abismo que podrían acusar si se piensa detenidamente en la cuestión de andar fijando imágenes de la vida solamente para pasarse otra parte de ella mirándolas como si algo se pudiera raspar de ellas, algo que no nos alcanza a tocar y que, en ese desvanecerse, se nos va el recuerdo o se empieza a hilar el relato agrio de la nostalgia) que, antes tener nuestra propia máquina fotográfica, mi hermana o mi mamá o ambas decidieran, previo arreglo de comprar la película y pagar el revelado a medias, de hacer una sesión de fotos con todos los niños de nuestra familia y los de una vecina. No tengo idea dónde fueron a parar las fotos de mis hermanos mayores, pero me enteré por Facebook que mi esposa conserva las que me tomaron esa vez. Habré tenido unos seis meses, como los hijos menores de la vecina Leo, hermanos mellizos de la misma edad que yo. En una de ellas, aparecemos los tres mirando fijamente la cámara, y pareciera que un diálogo vendría sino del aparato, de nosotros mismos. El diálogo extrañado de quien observa, de quién pergeña su primera pregunta sabiendo que los interlocutores ya lanzaron la misma inquietud. Una duda como un puente, como una fuente de luz para reunirse y -acaso- recibir calor. En la otra -subida a internet en uno de mis cumpleaños- estoy solo. La foto está tomada de más cerca, y una parte de la cuna está apuntalando mi enclenque postura. A decir verdad, fue la única vez en mi vida que fui gordo, y eso es mucho decir.

   Pero hay algo que cruza las tres anécdotas, y que en realidad valdría para buena parte de la Humanidad. Desde los retratos renacentistas hasta las fotografías de ocasión, corridas y circunstanciales, casi desechables y más bien victimarias (sí, un cómputo de la vergüenza trivial más que de la alegría o lo importante), siempre hay al menos alguien que se detiene y conserva algo así como un rigor en la mirada y una expresión que, más allá de su dureza, es en sí misma una cuña sosteniendo -prácticamente- una montaña. Esa montaña no es la vida, no completamente: es su misterio, lo que dirá o diría o está por decir y nos toca descifrar; es ese código del cual descolgamos algo sin saber que cavamos una profundidad que sólo nos cobijará al final del día, en el último susurro. Y dicho misterio, también, es la más linda sinfonía: el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice.

La magia

 

    Los circos ya no son lo que alguna vez fueron para mí. Tremendos espectáculos, demasía de color y una algarabía cuya perfección bordea lo eléctrico. Me quedo con los circos pobres que migran por Sudamérica, esos donde levantar la carpa ya es un asunto mancomunado, donde generalmente, montar y desmontar es un trato informal realizado con gente que se acerca después del show o cuando aparecen los camiones con su batahola, con apretón de manos y más de algún mal entendido mutuo. Y es cierto que hay historias de triunfo, como en Chile, con el circo de Los Tachuelas o los famosos Hermanos Fuentes Gasca, casi magnates de las artes circenses, pero Roma no se hizo en un día. En algún momento, el Circo Chamorro fue más que un clásico del cine chileno.

   Pero ni los años ni el desencanto, ni las luces de neón o los desfiles brillantes a lo mas Circo Tihany, mucho menos la arquitectónica performance del Cirque du Soleil, van a borrar las graderías acordonadas o las sillas de playa en la platea, ni el maquillaje corrido del mago que me vendió la foto con cara de asustado que el payaso me tomara casi por asalto, justo en el triple mortal de los trapecistas, los hermanos de la puerta, o las manzanas confitadas pegajosas y calientes. No se irán de mi los monos del culo rojo, exhibidos para contento de todos los que mirábamos hipnotizados, silentes, cómo se acicalaban en todas las cavidades que la moral nos había regalado para la risa y el escándalo en la misma proporción. No me importó leer en el diario, días más tarde, que se llamaban babuinos y que habían sido comidos por los perros vagos; nada destiñe el discurso maravilloso del Señor Corales, apodo que le dábamos a cualquier presentador de circo que, a fin de cuentas, se sostenía en su romántico pugilato con la zozobra con el puro encanto de su labia ritual.

   Recuerdo, especialmente, que los circos andaban por las escuelas. Pasaban vendiendo boletos con precios especiales, “tarifa escolar para un espectáculo de calidad.” Llegaron, a mi clase, el mago y una trapecista, pero después me enteré de que casi todo el elenco -excepto los payasos chicos- aparecieron por el establecimiento y se repartieron pabellones completos para promocionar al Gran Circo Modelo, con animales amaestrados, los intercontinentales hermanos Vergara, Los halcones de la muerte, y la participación especial de Chimuchina, mentalista, malabarista, showman exclusivo y coanimador del Señor Corales.

   Todo por quinientos, el kilo de pan a la hora del té, la cerveza triunfal del fin de semana, la gaseosa que reunía a la familia y acompañaba el puré con carne, mi semana de locomoción para volver de la escuela y evadir los 15 minutos cuesta arriba para llegar a mi casa, el mirador más desnudo de la cuadra desde la cual miraba el circo para seguir soñando.

   Y qué nos dijeron a nosotros: nos brillaron los ojos tanto como la voz para pedir, por favor, que nos guardaran una entrada antes que los del otro curso (nuestros rivales) compraran todas y nos dejaran afuera. Y qué me dijeron a mi, que hasta agarré un boleto de promoción, un “vale” que me permitía la tarifa rebajada “bajo compromiso de asistir”, sabiendo que ni siquiera había quién me llevara. Encima de todo: en el arrebato, entendí que el papá de Juan me pagaría la entrada porque Rodrigo también iba a ir y a él nunca le daban plata, que el papá de Juan trabajaba en el puerto y tenía auto y nos llevaría el miércoles a las tres de la tarde, función única para la escuela. A mi mamá no le pareció mala idea que el vecino me llevara al circo por la pura buena voluntad, y sin mediar respuesta partí corriendo a bañarme y me dejé caer, peinado y zapatos lustrados, en casa de Juan a las 2:55.

   Cuando Rodrigo llegó, quince minutos tarde riendo con su primo, el Papá de Juan no pudo evitar reírse no de ellos, sino de mí y de Juan, enojados y peinados para el mismo lado, ya instalados en el auto y en completo silencio. Y no es que fuera todo en el fin del mundo, la ciudad es pequeña y lo era más todavía en el 95’, pero éramos la escuela más populosa de la ciudad y todos todos todos, hasta los niños del Hogar de Menores, estarían ahí.

   Y no nos equivocamos: toda la escuela estaba ahí. También los niños del Hogar estaban, bien formados esperando en la fila, las manos atrás y la vista en el piso. Y todo se veía repleto desde el auto, y el sol brillaba más y quemaba y las jaulas de los animales estaban vacías o cubiertas y el elefante se adivinaba debajo de la carpa, levantada a falta de ventilación.

   Dos cabezas se asomaban, y junto a la multitud se reían del que apareció con el uniforme de escuela, el único que le creía las bromas a los profesores, condenado al calor y la burla de no ser por traer, además del dinero para entrar, suficiente para comprar la coca cola y un paquete de maní. Por lo mismo, no le costó agenciarse un matón de turno, y tan rápido como arrancó la risa alguien terminó llorando y la historia se acabó porque abrieron la boletería en un chirrido que sonó a gloria.

   ¿Trajeron la plata?, pregunta el papá de Juan, y de repente se me acabó la fiesta y entendí que, con trabajar en el puerto, Juan se refería a que tenía descansos durante la semana y que, como también era un papá buena onda, iría con nosotros en vez de quedarse a ver el partido y que por mucho que trabajara en el puerto no era millonario y que, a fin de cuentas, la visita de Juan y Rodrigo al circo calzaba con la impecable conducta que habían tenido, como nunca ese año, durante la semana anterior a la llegada del circo al colegio.

   Y el viejo truco, la personal, y la vieja audiencia, la risa jovial y nunca cómplice,la vieja mirada incómoda, nunca feliz de cargar con la culpa, nunca comprometida con el resultado o el final o el desastre más bien personal que acarrea la vergüenza. Y el viejo truco, el heroísmo de padre hablando con padre y la mirada afectada y la mejor cara y el estudio casi  inconsciente de las maneras de entrar a la mala y la carpa llena y vociferante y el mago, cortando boletos a contrarreloj y una expresión de piedra dejándome pasar ante la agridulce expresión del vecino deshaciéndose en explicaciones que el mago dejaba pasar por el lado, queriendo irse al camarín a recoger sus cosas y vestirse, ya sin tiempo para maquillaje, ya sin tiempo de cortar boletos

   Luego la pompa tierrosa del Señor Corrales presentando a los artistas con el mayor misterio posible, como si no los hubiéramos visto con su ropa del show tomando la micro la semana anterior.

   Y el payaso interrumpiendo con el baile. Y los hermanos trapecistas mirándonos como si nos salvaran la vida. Y el payaso haciendo equilibrismo, perdiendo los pantalones mientras bailaba a lo Cantinflas en la cuerda floja. Y el mago, cara de piedra, sacando el arruinado conejo, escondiendo el pañuelo, jugando con las argollas, mirando de reojo a la modelo y sus lentejuelas caídas. Y el payaso molestando al policía que cuidaba a los niños del Hogar, haciéndolo bailar como borracho triste. Y los animales amaestrados haciendo sus gracias mientras el payaso, todo el tiempo el  payaso como pegamento, ordenando al elefante pararse en dos patas y verlo cagar en el medio de la pista, espectáculo mayor, vaporoso montículo de risa rumiada, falso escándalo del Señor Corales que  agradecía, después de una radiante media hora sentado sobre un clavo, oyendo a los más intrépidos meando bajo las gradas, mirando con resignación y sin embargo con rabia al hueón del maní, al gordo que le comía el maní mientras miraban el show que ya terminaba en un concierto de cumbia y gritos secos de los tramoyas acarreando escenografía, animales y mierda con el mismo ritmo, payaso y elenco saludando a modo de biombo mientras se secreteaban acaso cosas domésticas.

   Un pequeño ejército de mamás carcajeaba en la puerta, deshaciéndose mientras llegaban los pollos a juntarse a mirar los animales por última vez y partir como al destierro. Los niños del Hogar, órdenes de por medio, agradecían al Señor Corales con sequedad milica y se iban, siempre queriendo con los ojos, quedarse a ver, como nosotros, los monos del culo rojo.

   Y nunca ha sido igual, desde entonces, haber tocado la magia con los bolsillos vacíos.

Papeles Sueltos

A continuación, algunos poemas de mi primer trabajo Papeles Sueltos, publicado por la Universidad Nacional de Lanús, Provincia de Buenos Aires, Argentina en 2013.

 

Aclaraciones

Si el poeta fuera un sabio

dejaría que las ores abrieran la mañana.

Si el poeta fuera alquimista de sus manos
nacerían todos los ríos.

Si el poeta no tuviera papeles dibujaría caminos
en vez de abismos o montañas.

Si el poeta no existiera

volvería la poesía a los océanos

Y si el poeta
de verdad hubiera escrito

sobrarían todas las palabras

 

Historia

En cada gota de sangre Se multiplica una era.

Cada era
Rasga la noche con un alarido.

Cada noche pare a su Cristo.

Cada Cristo prepara las armas.

Las armas gotean…

 

Sui Generis

Se subió al vagón del tren con un arpa
a tocar música paraguaya

Miró mis dos pesos y dijo

“gracias

no me alcanza para”

y se fue riendo

cojo entre la gente

 

 

Mamushka

Cada día más pequeña

más de todos
fue desapareciendo

Cada día más chiquita

más finita su sonrisa

fue creciendo tanto

que ya no pudimos verla

 

Nada interesante

Mi tía me jodía por el futuro
y por buscar lo que ya tenía en otra parte

Mi abuela me miraba como siempre me miró
mis primos comprobaban lo que estaban pensando

Me acordé de todos mis profesores hablando de conocer el mundo
como si fuera lo mismo que irse de putas

Yo la miraba en silencio
pensando en cómo sería mi rutina
si me hubiera puesto la soga al cuello
y dejar que me trataran de usted ocho horas al día

y que me desearan la muerte hasta en los sueños

“Leí esto en alguna parte”, también pensé

Mi tía no se callaba
y su discurso se repetía cada vez más rápido

como rezando por algo inútil o por el hambre del mundo
y movía la cabeza.

Mi tío se había detenido detrás de ella y me miraba en silencio

“Y al nal, Roberto, dime: ¿Qué has hecho de tu vida?”

“Nada interesante, tía”
le dije mientras me servía la ensalada.

Mi abuela me miraba queriendo reírse
el triunfo se dibujó en las caras de los comensales

Y mi tía miró a la Colorina sintiendo que pronto sabría la verdad.

Fuerza Centrífuga

   Sarduy, como pocos maestros y -al mismo tiempo- casi todos los que he leído con cierta consciencia (o inconsciencia, que viene a ser casi un método, por grotesco que parezca), tiene una escritura centrífuga. Tanto más uno se acerca a su “centro” de escritura (en tanto creemos estar en él o su periferia), más violentamente nos expulsa. Esto que escribo ahora ha sido el resultado de lecturas semejantes, como la de Joyce, Faulkner, Perlongher, Eltit, Lamborghini, Dante Alighieri, entre otros. Cervantes sea, acaso, la Centrífuga por antonomasia, o bien La Odisea, viaje donde empiezan  casi todos los viajantes literarios. ¿Qué quiero decir con esto? Lo contaré con mi primera experiencia “consciente” de estar en contacto con una literatura -o más específicamente, una escritura- centrífuga:

   Leía por primera vez a Faulkner (As I lay dying) y, a medida que leía, la ansiedad devino desesperación y ésta en una sensación de pánico que se volvía totalizante. No se trataba del pánico a la muerte ni mucho menos un sentimiento de angustia desproporcionado. En realidad, su nivel de concreción tenía, al mismo tiempo, la pequeñez cotidiana, aplastante; y la voraz y azarosa indeterminación de la vida misma.

   En consecuencia, el pánico venía de lo inmediato, y más que un peligro, era un hecho del cual mi arbitrio no tenía influencia alguna. “La única libertad yace en perder el control”, fue lo que vomité a mis adentros. No somos nada, le dije a mis amigos, un poco repitiendo el mantra que habíamos conjurado como lectores furiosos y algo inocentes aunque, al mismo tiempo, desconfiados hasta la perversión. Era imposible para mi no mirar las cosas- entonces- desde ese prisma: una muerte cuyo horror -para la difunta- era haber vivido de oídas la procesión que transformó a la familia entera en un delirio. Como aquel cuya revelación aparece en la sopa de letras en la soledad de su hora de almuerzo, había llegado al final del libro comiendo en el patio de comidas en un mall, y todo de pronto me pareció repugnante y agridulce, sobre todo porque, de alguna manera, me sentía escindido de esa mecánica dantesca del engordar como las vacas en la llanura del fast food, y al mismo tiempo vendía libros en una supercadena de librerías cuyo lema era “Vender es la consigna”.  No vale la pena entrar en más detalles porque no se trata de un análisis de mercado o de sociedad, o tal vez sí, pero radica en las implicancias sociales que un tipo de escritura puede tener, llegando a congeniar tanto con el entorno del cual el lector -a veces- escapa, provocando un sentimiento casi voraz de despojo y desnudez, que la rutina que tanto amamos o asumimos comienza a estrangularnos hasta el borde del trastorno.

   Otra lectura similar: el final del libro de Joyce The portrait of an artist as a young man en la hora más furiosa del centro comercial: el cierre. Tenía una reunión con el equipo de trabajo, y  mientras me comía un sánguche, cerraba el libro después de haber pasado por el torbellino de lucidez en que Stephen Dedalus abraza su destino como si la muerte en la última hora, como nos dicen y nos hacen creer que la paz conduce a la muerte sobre el semblante del difunto, extendiéndose a los deudos hasta que el duelo los transforma y desfigura. Nuevamente, no cabía un alfiler en mi espíritu, hinchado y sediento de algo difícilmente entendible, acaso inútil de nombrar.

   Luego de la reunión, salí con mis dos amigos a caminar y beber, como era nuestra costumbre. No somos nada, les digo a penas salimos del edificio, y me largué en una perorata que ellos leían embelesados. A los cuatro puntos cardinales, mis palabras y mis brazos, mis gestos y mi aspiración frenética (nunca paramos de caminar y no me callé hasta llegar al bar) intentaban construir un relato irreconciliable con el libro y las sensaciones, un momento tan bello como inútil. Es la vida – me contestaron- ahí está. Y es cierto: a veces las imágenes más ridículas pueden estar revestidas de un significado infinito hasta lo terrible, hasta reflejarse en frases tan forzosas como aquélla. Puedo decir sin miedo, que el torbellino duró tanto que, al día siguiente, me lancé sobre las páginas del libro por segunda vez y terminé, en dos días, lo que me había costado digerir en 6 meses. A partir de ahí, los libros comenzaron a ser algo así como una dieta, llevándome a invertir un tercio de mi sueldo todos los meses en comprar y conseguir libros en la biblioteca y fotocopiar otros tantos que ni siquiera recogí por falta de tiempo y porque, justamente, tenía encima otra demanda más poderosa -incluso- que la literatura. Era la vida, Mi vida, sofocada por mi, pidiendo a gritos caminar y perderse. El tiempo, las circunstancias y las páginas con las que he tomado distancia, me han hecho pensar que haber vagado como lo hice en virtud del mapa, escribiendo en mis papeles sueltos y libretas como si estuviera trasvasijando el océano con el cuenco de mis manos, no me ha producido una debacle mayor a la del tiempo, y ha puesto -en las páginas que he ido descubriendo, en las que escribo, en las que imagino viniendo por todos los frentes-  con los años la dureza y las tripas necesarias para, todo el tiempo y hasta decir basta, subirme a la mecánica del mundo, que es, a fin de cuentas, la centrífuga del Arte, otra manera de llamar a la Vida.

UN RITO: LA TIERRA. Gravitaciones, de Ethel Barja

   Hay quienes -como Gonzalo Rojas- se acercan al mundo de una manera total: abiertos de par en par como la mampara que esconde el jardín o contiene la oscuridad de un cuarto, se mueven como la luz sobre las flores. Su palabra revela, antes que pregunta, concilia, antes que escinde. Y están quienes, entre otros, entran en esa rotundidad con que el mundo poético se manifiesta, refiriendo un relato de la experiencia, antes que nombrar aquello que acontece. Entendiendo esto, a través de una suma ritual y conectada con la tierra que la sostiene, Ethel Barja extiende sus Gravitaciones (Paracaídas, 2013) proponiendo una visión de los espacios vitales al borde de lo religioso, o más bien atravesándolo hasta conectarse con su “origen”, acaso su fundamento: la misma tierra que pisamos, vivimos, morimos y ensangrentamos.

   El paisaje constituye un de los fundamentos del libro. La Poeta, a lo largo de las distintas escenas que aparecen en el libro, es testigo o instrumento: “y la realidad se hace carne/ rítmico crepitar del suelo/ anuncia la danza incomprensible (p. 9)” , anota en Gea, cuyo objeto es el relato de un ritual como los que acontecen en algunos lugares de Los Andes y en los cuales se entregan ofrendas -y la propia voluntad- a la tierra en virtud de la fecundidad y protección. A partir de estas imágenes, la autora también ofrece una descripción de las gravitaciones, zonas de contacto en las que la lengua (en su dimensión poética), decanta a sus portadores, ya sea por sus sentimientos o acciones, ya sea por su juego de entendimiento, casi siempre a tientas: “la gravedad en medio del pecho/es más que esta mano tullida” (p. 35).

   Poema -acaso- angular para entrar al conjunto del libro (conjunto de ánimo orgánico más que estético o abstracto) es Destilación (P.31),  escrito en términos de Arte Poética: “la cadencia en su oído no se proyecta/ porque no resuena sino pesa”, parte el poema, planteando algunas cuestiones estilísticas que caben más en el orden del testimonio, vistiendo al conjunto -consolidándolo, en el fondo- de un carácter horizontal, justamente, gravitatorio. La gravitación, en suma, es una manera de llegar al planeta, antes que al mundo, y ser, a partir de ahí, el poema germinando como el árbol o la montaña: “ocupar la tierra es desocuparla (…) asentarse es agitar el arco firme y la fractura/es abrir los surcos en las avenidas/ demoler los muros uno a uno/ retorcerse como las capas de la tierra/ sostener el arriba henchido como el cauce de los rios/ abrirlo palmo a palmo y hacerlo girar(p. 41).

   Cualidad que funciona, además, como hilo conductor y elemento significativo, es la ausencia de puntuación y mayúsculas. El poemario completo es una suma de versos interdependientes que, como poema o en su carácter individual, no anulan a los otros, ampliando el juego hasta los límites de la propia imaginación. Cada verso atiende al concepto central sin dejar de ser, en sí mismo, un elemento autónomo, y asimismo los poemas, episodios capaces de mimetizarse con varios contextos o -probablemente- diversas propuestas, sin ir en desmedro alguno de la que aquí se presenta.

   Atendiendo a su título, Ethel Barja ofrece un camino a la tierra que, sin constituir un retorno, sí invita a reconstituir nuestro propio ritual de contacto. Sus versos, lejos de la lógica Huidobresca, no abren puertas, las derriban, o bien las abandonan. Esta palabra no es arquitectónica.No levanta su rito demiúrgicamente, sino que desciende hasta un punto original, sin que ello signifique una deconstrucción: esta palabra interactúa, se posiciona en relación al todo, sin ánimo paradigmático. Antes, es un trabajo de artesanía fraguado en el fuego del silencio, en comunión con aquello de lo que viene y que sostiene tanto a su autora como la palabra que esgrime: esta es poesía de alcance natural, planetario.